
Por Luciano Debanne.
A veces uno habla y siente que le habla a un vacío.
Como que las palabras andan locas por el aire sin llegar a ninguna parte, parecidas a esas partículas de polvo que se ven bailando en la nada cuando se mira abobado un rayo de luz.
Están pintadas de un eco, y recuerdan a galpones enormes, a fábricas abandonadas, a plazas vacías.
A pruebas de sonido realizadas, sin público, muy antes del show.
Andan las palabras sin encontrar destino, y no importa cuán certeras sean, flechas trazando perfecto su recorrido pero sin tener adónde llegar.
Quedan por el suelo desparramadas, como palomas muertas, más acá o más allá. Todas ahí tiradas aunque vengan cargadas de verdades, o de poemas, pistas, bellezas, sabiduría o piedad.
A veces van las palabras hacia la nada, y uno puede ver su orfandad, aunque sean dichas en aulas repletas, en cenas llenas de invitados, en grandes conferencias, o frente a frente dos personas en la mesa de un bar.