
Por Luciano Debanne.
Y si te alumbra un sol de invierno, amarrillo como el pecho emplumado del benteveo que viene y vuelve y aleteando se va.
Si te tropezás con la insistencia de la clorofila del siempreverde y la persistencia de sus pequeños frutos redondeados que germinan en la cagada inoportuna de los pájaros sobre la chapa blanca de los autos y la vereda recién lavada del local comercial.
Si como el clavel del aire que permanece aferrado al plástico negro de los cables de luz y de teléfono, y ahí florece imperceptible ante la indiferencia de los transeúntes que caminan con la cabeza baja, la vista en la vereda, en sus artificios de pantalla, en sus preocupaciones de señora y señor.
Si te arrulla el olor del café, o de una tortilla hecha al rescoldo del rebusque de la pobreza en cualquier esquina de cualquier lugar, o el perfume de un guiso que burbujea ventana adentro en la casa de la vecina.
Y si la flor del diente de león creciendo entre baldosas y cordones de cemento, hoy amarilla, mañana metáfora en el viento, panadero pobre con un deseo y sin pan.
Si acaso el silencio mandarina del mediodía siesta invernal, aunque más no sea como promesa, como utopía, como destino posible, como esperanza inocente de un mundo sin mal…