
Por Luciano Debanne.
Yo quisiera contarle a mi niño mis mejores cuentos para que se meta adentro y nos quedemos ahí juntos, los dos.
Quisiera contarle historias fantásticas de cuando fui marinero y viajaba a la China, luchando con criaturas terribles, con tentáculos enormes y dientes afilados, seres con ojos en la espalda que solo pueden ser vencidos mientras duermen.
Contarle de la vez que viajé a la luna, con un perro, contarle del traje del perro, del casco que ingeniosamente habían diseñado para él, del problema que teníamos cuando quería hacer pis, el perro.
O de cuando era cazador de monstruos, con mi cinturón especial, y mis pócimas secretas capaces de curarle de cualquier ataque.
Yo quisiera inventarle un arrullo hecho de cosas que me pasaron o que me van a pasar.
Contárselas para arroparlo cada noche, para protegerlo por siempre del frío del mundo.
Yo quisiera que me creyese ese arrullo, que me mirara fascinado, justo antes de dormirse, sus ojazos, su boca abierta, su pelo empirinchado.
Entonces yo le contaría de mi cara quemada por el sol del mar, el pecho hinchado cubierto por una remera a rayas, de mi tatuaje de ancla y mi arpón.
Y quisiera que soñara con que navegamos juntos en un galeón repleto de tesoros, que juntos combatimos a los piratas de aquellas rutas cuando vengan a por nosotros.
Quisiera que él, cuchillo entre los dientes, me cacheteara la cara para sacarme del encantamiento de las sirenas que acechan en cualquier islote, y juntos al terminar el día tomáramos de una vieja botella de ron.
Quisiera que sea tripulante de mi nave, mi niño, que se sueñe alimentando al perro en la luna, acompañándome a charlar con extraños extraterrestres.
Quisiera que él nos sueñe juntos, contemplando el universo todo, mirando las estrellas, sentados en un cráter lunar.
Yo quisiera que estuviera a mi lado cuando aparezcan los monstruos esos que presagian la muerte, esos que tanto me aterran, y que, su mano en mi hombro, me diga «tranquilo, viejo, tranquilo, sólo es un monstruo más».