
Por Garba.
Nunca sabemos bien qué hacer con los duelos, dónde ponerlos, hasta cuándo estirarlos, cómo acompañarlos.
Creemos que sabemos, pero después aparece la muerte y otra vez nos deja desnudas en plena calle con este frío.
Nadie te enseña de la muerte, es algo que apenas se nombra, que en todo caso obra distinto y que siempre deja tela para cortar por años y años y años.
Crecés, vivís la vida, parís un hijo, plantás un árbol y otras miles de semillas, y a cada acontecimiento asistís con los duelos encima.
Una tarde estás revolviendo el café del modo en que una vez y zas… El reloj empieza a dar vueltas para atrás hasta clavarse en la astilla que ese duelo vino a dejarte.
Con más o menos culpas de seguir viva, o de no haber podido aprovechar cada minuto, o de qué hubiera sido si, o la paz de que todo se hizo, da igual en el sentido al que me aboco ahora: nos cuesta soltar el dolor.
Hace muchos años, una mañana, la nona de alguien que yo mucho quería, viejita como la historia, se murió en mis brazos. La ayudé a salir del baño, me los agarró fuerte, me clavó la mirada y se fue yendo así, ante mis ojos mudos.
Nos quedamos en el mismo silencio que la muerte muerta.
No sabíamos qué había después.
La acostamos en su cama, en su pieza, dejamos la puerta abierta, el sol le daba en la cara con una gracia, nos fuimos al sillón del living y desde allí la miramos, calladísimamente en la más absoluta nube de sopor.