
Por Luciano Debanne.
Los pomelos enormes, enormes, como pelotas amarillas, perfumadas y pesadas.
Todos caídos junto al tronco, como una corona estallada en el suelo,
escondida en el pasto crecido, desdeñada por su peso y su color.
Como si el verde hoja no hubiese querido sostenerlos más, y se los sacudió de encima,
como un perro al salir del agua,
como quien se saca una amargura del cuerpo pero igual le queda,
desparramada, rodeándolo, tirada ahí, a los pies del árbol,
como quedan las migas donde comió un niño,
o la ropa al desnudarse para el amor.
Hasta que sean primero podredumbre, después semilla
y después el indicio del árbol que viene a robarte, para siempre, el sol.