
Por Garba.
Hace poco leía que alguien le quitaba valor a la palabra ojalá porque dejaba lugar a la duda y estaba más lejos de un final feliz.
En cambio yo le veo toda la esperanza dentro.
Y ojalá sin tilde me gusta más porque así la decía mi abuela, la mujer maravillosa.
Ojala tuvieran todas las personas una ventana por donde mirar la lluvia que hoy cae copiosamente generosa.
Así estarían adentro, bajo techo, a resguardo, secas o casi secas, o llegando a las corridas a un rincón del mundo a salvo.
Ojala además de la ventana, tuvieran algo caliente para sostener entre las manos: un mate, una sopa verde o de calabaza, otras manos, una parte más húmeda de otro cuerpo.
Ojala me digo viendo caer en vendaval.
Meto las gatas, las perras miran como chichas desde la puerta cómo se vuelve turba la calle que hasta ayer era desierto de piedras y arena.
Ojala estuvieras vos acá conmigo para ver en qué me vengo convirtiendo, con qué nueva tranquilidad disfruto el silencio y las interferencias del ruido del río cuando crece.
Ojala.