
Por Luciano Debanne.
Vean cómo se desenrolla, poco a poco, el ovillo.
Suave a veces, tosco otras, rústico y áspero, tenso para evitar los nudos, suelto para evitar que se corte.
Vean cómo las manos, nudosas, desenrollan el ovillo que somos.
Y tejen con esa hebra nuestro abrigo.
Punto a punto.
A veces en línea, uno tras otros, como enseñan los libros escolares que se desenvuelve la historia.
A veces desandando lo hecho, con avances, retrocesos y traspiés, como se aprende a andar sobre el suelo.
A veces por los lados, por los brazos antes que por la panza o el pecho.
A veces uniendo las partes para remediar el sinsentido de la desunión.
A veces bordeando el silencio invisible de las aberturas que permiten que entremos.
Vean las manos desenrollando el ovillo que somos para poder abrigarnos del frío y la desolación.
Vean cómo desenrollan, poco a poco, el ovillo.
Y hacen de eso un oficio de vida.
Una tarea, una misión, un modo de vencer el olvido, un gesto de amor.