
Por Garba.
La gente que me gusta tiene algo roto.
O sobrevivió a algún naufragio, o fue atacada por caranchos o ha sido abandonada en una esquina.
Le falta una parte que el resto tiene o le sobra.
No lo sé.
La gente que me gusta en grandes generalidades parece compartir conmigo alguna astilla del mismo palo.
O la madre le ha traicionado y entregado a las fieras, o le ha tirado al orfanato de policías, o es su piel mulata lo que le hizo verse peligrosa o son sus piernas de zanco, o guarda dentro mil tajos de hijxs que se fue sacando, o se escapó de las drogas cruzando el océano, o se casó muy pronto y no se anima a deshacer el juramento.
La gente que me gusta no puede muchas cosas, no llega, no le sale.
Jamás me han gustado por su apariencia de foto. Es la risa, o la mueca, o el olor, o algo al caminar y en general las he querido o las quiero incluso a pesar mío.
O elige la soledad como mejor cama de plumas.
El gusto y el amor son, creo, injustos e incómodos y nunca corresponden al merecimiento.
«Era alguien tan bueno que se merece que le quiera».
No sucede así.
Más quisiéramos.
Me vengo preguntando a través del tiempo, si es un callejón sin salida, o si alguna vez me gustará alguna persona salida de las revistas, peinada, con las medias sin perder el par, predecible y puntual, o es algo marcado por el hueco que deja lo ausente o lo grande, o es tan sólo propia estupidez adornada con la extravagancia del artista.