
Por Luciano Debanne.
Ese 6 de marzo se lo comunicaron, y varios días después Margarita se sentó en el sillón número cuarenta con la mirada al frente, se acomodó la blusa blanca bajo la capa negra que Yves Saint Laurent había confeccionado a medida y especialmente, y sonrió satisfecha. Acababa de enrostrarle su machismo a la flor y nata de la cultura francesa y mundial.
Era el año 1980. Fue la primera vez en los 350 años de historia de la Académie Française -la Academia Francesa de la Lengua- que una mujer accedía a la Cúpula, uno de los más encumbrados y excluyentes reductos de la intelectualidad y las letras. Después de ella habría otras, pero eso sería después.
En su discurso Margarita dijo que venía acompañada por un «grupo invisible de mujeres que hubieran debido, quizás, recibir mucho antes este honor, hasta el punto que me siento tentada de desaparecer para dejar pasar sus sombras.»
Los doce varones que habían votado en contra de su inclusión estaban presentes, y tuvieron que escuchar.
Cuarenta sillones tiene la academia y sus miembros son conocidos como «los inmortales». Al apoyar por primera vez en la historia su trasero de mujer en ese sillón, Margarita tenía 77 años.
No era cierto que eran inmortales, o capaz rompió algo cuando se sentó, porque se iba a morir siete años después.
Sus huesos descansan hoy junto a los de Grace Frick, otra mujer.
Es que era torta Margarita. O al menos se había dejado enamorar sin andar fijándose en nimiedades por esa traductora norteamericana que había conocido en París.
No era una persona del montón. A los ocho años de edad Margarita ya había leído lo que muchos de los intelectuales mas encumbrados no leerían en su vida. Antes de los 50 había escrito varias obras que nadie debiera dejar de leer.
Sin embargo, Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour, tal su nombre, nunca fue a la escuela. Se educó con su padre y algunos profesores sueltos aquí y allá.
Su nombre era difícil para ser la escritora que quería ser. Se lo cambió. Jugó con las letras y se inventó una identidad nueva: Marguerite Yourcenar.
Cuentan que una vez se cruzó con Jorge Luis: «Borges, ¿cuándo va a salir de su laberinto?», le dijo ella que también escribió sobre laberintos y jardines y antiguos relatos. «Cuando todos salgan» dicen que respondió Borges. O sea nunca.
Ella sabía de eso, anduvo mucho por el jardín de los senderos que se bifurcan hasta llegar a ese 6 de marzo en que anunciaron su inclusión en la Academia.
Cuando le avisaron, es probable que ya haya sabido lo que iba a decir en aquel discurso, algunos días después. Por vieja y por diabla quizás lo sabía de mucho antes, ahí sentada ella en su modesta casita de madera en la campiña, donde vivía y escribía sobre cosas que atravesaban a toda la humanidad.
Quizás mucho antes ya había mascullado esas líneas que uno adivina irónicas: «No puede pretenderse que en esta sociedad francesa tan impregnada de influencias femeninas, la Academia haya sido particularmente misógina; está conformada simplemente por los usos que colocan con gusto a la mujer sobre un pedestal, pero no le permiten avanzar oficialmente hacia un sillón», les dijo a esos académicos, sentados hacia 350 años ahí, sin ninguna mujer.
«Señores, dejemos eso», concluyó.
A diferencia de la mayoría de los miembros, Marguerite Yourcenar nunca pidió ser parte de la Academia Francesa: la tuvieron que convencer.
Dicen que después de ese día nunca volvió a ir.