Astilla

Las mismas manos

9-09-2021 / Astilla, Lecturas
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La sexualidad era sagrada y propia de cada quién y los cuerpos tenían en común no parecerse a ninguno, siendo causa de halago la diferencia y el exceso.


Las mismas manos

Por Garba. 

Cuenta la historia que una vez hubo, perdido entre las montañas, un pueblo pequeñísimo habitado sólo por mujeres.

Los varones se habían ido hacía muchos años a la siembra o a la zafra o al trabajo golondrina y se ve que no pudieron, o no quisieron encontrar el camino de regreso.

La vida del pueblo era agradable y las ollas siempre habían estado en las mismas manos, así que exceptuando un período de luto o de falsas expectativas, hubo que ajustar un poco el delantal y seguir.

Algunas de las pobladoras, las menos, es justo aclararlo, viajaban a otros pueblos para intercambiar las cosechas y, si querían, volvían con hijas en los vientres y un silencio que fue respetado desde sus inicios.

Se pensó en un primer momento que la alta ingesta de fruta podía ser motivo fundacional por el que los nacimientos fueran siempre femeninos, pero nunca se supo a ciencia cierta si esto era un rumor o una explicación para salir de paso. Estaba abierta la posibilidad para quienes quisieran otras formas de existencia comunal, pero en los hechos, nunca sucedió.

El dinero era comunitario y todo se decidía en asamblea y por consenso.

La familia era una y a su vez las casas albergaban todo tipo de vínculos que saltaban el binomio y apechugaban mejor los avatares del destino. La sexualidad era sagrada y propia de cada quién y los cuerpos tenían en común no parecerse a ninguno, siendo causa de halago la diferencia y el exceso.

La denominación «mujeres» era una palabra que dentro de la comunidad había caído en desuso por no contener en su definición la alteridad que imperaba en los hechos, pero sabían que era el modo en que las nombraban afuera.

La risa era moneda corriente y la ropa excusa de fiesta.

Perpetuarse no era prioridad ni tema de discusiones.

Pero como esto es un cuento, un día, llegaron las elecciones nacionales al país de ese pueblo, y se juntaron en la plaza con un tele, una antena y un cable largo para escuchar «el debate» de los candidatos.

Todos hombres, blancos, limpios, burgueses, con trajes azules, que jamás habían pisado el terruño ni sabían absolutamente nada de cómo era vivir allí.

Llegada la fecha electoral se les hizo imposible garantizar fiscales ni presidentes de mesa, así que, desembarcaron muchísimos varones en autos y con sellos y circulares que los acreditaban a estar allí para garantizar los comicios.

El resultado fue abrumador.

La noticia en los portales de información recorrió el mundo: un pueblo entero había votado en blanco.

Fueron tildadas de intolerantes, extremistas y bárbaras, claro que nunca se enteraron de aquello porque desenchufaron el tele, guardaron la antena y usaron ese mismo alargue para dar luz a la asamblea comunal. Se acercaban las lluvias y aún quedaban gran parte de las acequias por acondicionar.

El agua dulce era oro en las manos y cambiaba la bonanza de todas.