
Por Luciano Debanne.
Es mentira que la luna sólo sale de noche. Nada que ver.
Permanece en las mañanas y atardece más de un vez.
Y a veces ni bien cae la noche ya no está, escondida antes de que la vayamos a buscar.
Le conviene a nuestra necesidad de pensar todo de manera tajante: el sol de día, la luna de noche.
Todas claras las fronteras del antes y el después.
Le conviene a nuestra mirada seca que no levanta la cabeza para ver más allá del suelo, a nuestras fábulas con moraleja, a nuestros esquemas prêt-à-porter.
Sin embargo no es así. Brilla su luz atenuada la luna durante desayunos y meriendas, durante el trayecto al trabajo, durante la puesta de sol.
Se solapa, mezcla y escapa la luna a esa forma tan nuestra de entender las cosas, tan fácil pero que al final no es.
Las encuestas, los titulares de los diarios, las campañas publicitarias, los panelistas de la TV y los manuales de escuela escritos, todos, para vender buscan convencernos de que así es el mundo: el sol de día, la luna de noche.
Todo simple, todo claro, todo obvio, todo catalogable, ordenado, todo fácil de entender.
Pero al final no es así la cosa. Nada que ver.
Brilla la luna durante el día, y algunas noches también.
Siempre es más mezclado todo, y navegar esa mezcla es comprender.