
Por Luciano Debanne.
Tanto tienes tanto hablas, pero a ¿a quién le sirve escuchar?
El rol que los medios de comunicación comerciales (y un par de públicos) están desempeñando en este arduo e indefinido proceso que nos atraviesa de pe a pa, es cuantimenos triste, en el mejor de los casos, y redondamente oprobioso en muchos otros. Tanto propios como ajenos.
Y no hablo sólo de posiciones ideológicas, no. Hablo del poco empeño puesto en poner en común las ideas, opiniones, y miradas. Un silencioso páramo de palabras mal dispuestas, taladas hasta el aserrín, virutas de explicaciones conducentes.
La lupa puesta en el quilombo para hacer más quilombo nomás. Cero explicación, cero argumentación consolidada, cero amor por aquellos con quienes se quiere dialogar. Cero conversación, puro bla bla. Las palabras como guirnaldas de led para ambientar una fiesta en un vivo de Instagram: uno adivina que fuera de cámara eso es un bajón triste, solitario, aburrido y vulgar.
La autocelebración del periodismo en su día merece el meme del títere marrón mirando para el costado: aparte de que es una celebración a donde sólo fueron los cumpleañeros. ¿Qué celebran?
Quizás haya que fundar nuevas formas de decir las cosas públicamente, nuevos modos de informarse y de informar. Otras narrativas más lejanas a la euforia sobreactuada de los influencers que buscan hacerse un lugar, menos inspiradas en la perorata inspiracional de la publicidad de gaseosas y ropa deportiva ultra cara, más por otras sendas ajenas a las indicaciones de qué hacer, cómo, y cuándo, no tan policía también.
Parece difícil, pero no lo es, sólo que estamos tan abrumados de tanta mierda que imaginar otros modos de contar lo que pasa parece tarea lejana.
Cómo siempre la respuesta quizás esté ahí donde duerme la energía de reserva, la semilla de lo que va a ser: entre las gentes que se saludan al comenzar la mañana, y se comentan, sin cálculo, sin mezquindades y sin necesidad de porqués.
O en una plaza, donde se juntan algunos cuerpos, a hacer lo que no deben hacer.
Dudo que esté en donde se supone que deba estar, donde lo esperamos, en las vidrieras preparadas para la novedad.
Lo nuevo suele ser reticente a la comodidad que se deja acomodar.