
Por Luciano Debanne.
Y a veces pasa como a los buzones, que andaban gordos de cartas de amor y de amigos de viajes y de parientes a la deriva que escribían para Navidad, felices fiestas, que la pasen bien, saludos a la tía Porota, y ahora todo se volvió puro aviso de pago, pura cosa impresa con detalle de consumo, pura charlatanería sobre el precio de un colchón o cómo comprar un mueble, en cómodas cuotas, créditos en el acto.
A veces pasa así, y medio que uno empieza a pensar qué al pedo ese buzón ahí, juntando cosas que a nadie le interesan, o peor aún, que incomodan.
Tan al pedo que ni el cartero le da bola y revolea el sobre por arriba del alambre o por abajo de la puerta, medio salidita, una esquina que es una cosa que ni afuera ni adentro, ni fu ni fa, ni es mío ni es de nadie, de la calle, de los perros, de la lluvia y el polvo y el desdén.
A veces pasa como esos buzones rojos en la esquina, orondos e inútiles, y pasa un nene y pregunta: ¿Mamá eso qué es?
Pero ni importa, hijo, y sigue su tranco, el nene a cuestas como un vagón del tren que llega tarde al trabajo, o al jardín, o a donde quiera que vayan los trenes que no son, que ya no son, tampoco, un tren.
A veces pasa eso. Y no hablo de otros, de tal o cual persona.
Hablo de que a veces estás ahí y ya ni sabés bien por qué.