
Por Luciano Debanne.
Si yo viviera en una ciudad con mar me perdería en el ir y venir del agua, con sus costumbres de luna y sus caprichos de viento.
Y dejaría que el olor a sal y peces me recordara lo que fue y lo que será.
Si yo viviera en una ciudad plana, buscaría entre las casas la línea del horizonte.
Y esperaría la hora en que todo es luz para ver crecer los tallos y las hojas tiernas que alimentan a los animales grandes, que se pasan la vida rumiando el sustento; sacándole todo el provecho al laborioso andar de la lombriz entre el lodo milenario.
Pero vivo entre pequeñas montañas, adornadas sus laderas de espinas y flores amarillas.
Enormes piedras que miran, apacibles y pacientes, cómo transcurren livianos y andariegos los días y los pájaros.
Acá el sol nunca alumbra todo, una cara oscura, la otra luminosa, y se acostumbra el cuerpo a presentir lo que no ve.
Y entonces me rindo de admiración ante el frío de lo enorme, que aloja, adentro y en la superficie, un cálido sinfín de vida.
Que hasta el fuego que lame su cuero de vez en vez, finalmente sucumbe cuando le nace el agua a la piedra y le recorre los años amontonados como capas pétreas.
Entonces aquí también nace el tallo en el horizonte redondeado, bajo un capricho de luna.
Y hay la memoria de un mar y el destino de una planicie circulando entre las piedras, y es un azar del tiempo que viva yo entre montañas, y no en el llano o en una orilla con olor a sal.