El Cronista de la Sed

Emilio

31-05-2017 / El Cronista de la Sed, Lecturas
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En la construcción se trabaja y se cobra; no se trabaja, no se cobra. Por Santa Cruz del Lago hay un señor que piensa y reparte diferente. También hay albañiles con el pecho inflado de orgullo.


Emilio

Por Fer Vélez.

Con ayuda de otras personas, Emilio construye viviendas y las comercializa. Todo de manera independiente. Hace unos días me contrató para que tome fotografías de los complejos que tiene en Santa Cruz del Lago, cerca de Carlos Paz.

El primer contacto que tuve fue telefónico. Escuché su voz gruesa, suave, algo cansada. Siempre habló poco. Una manera rústica y cortés de conversar. Ni una palabra de más, ni un silencio de más.

El primer dato diferente es que me pagó por adelantado todo mi trabajo y esperó a que yo tuviera tiempo para ir a cumplir mi tarea.

Ayer lo conocí. Me recibió al llegar a unas casitas nuevas, modestas. Vestía jean y remera sucia por el trabajo. No puedo precisar la edad pero le calculo unos 60 años, tal vez menos. Pausado y amable, me presentó a los albañiles: “Este es el puto” dijo. Todos reímos. “Hablando en serio, este señor Fernando es el que va a sacar las fotos a ver si podemos vender estas casas del orto”. Un albañil comentó: “¡Ya era hora Emilio!” Y Emilio: “¡Vos callate que el señor fotógrafo va a tener que hacer magia para tapar todos los mocos de ustedes!” Todos reímos de nuevo.

Ahí nomás le pidió a otro albañil que me acompañe a recorrer el lugar y me facilite todo lo que yo le pidiera. No me dio ninguna indicación, absolutamente ninguna, nada. Subimos al auto con el albañil y nos fuimos. “¿Cómo te llamás?”, le pregunté. “¡Walter!”

Me indicó el camino y llegamos al primero de los tres complejos. Eran cuatro departamentos en planta baja con patio, cochera, asadores y pileta. Todo muy prolijo y con olor a nuevo, es decir, a cal.

Desde antes de la llegada al primer complejo, Walter demostraba su orgullo por las casas que había construido con Emilio. Me dio a entender que las consideraba como suyas. “Esto lo hice yo -repetía-. Menos mal que vino. Emilio me hizo caso, yo le dije que se haga una página web, que saque fotos, así vendemos esto”. Pensé que eran socios y le pregunté para confirmarlo. “No, soy empleado, todos somos empleados de Emilio. Lo queremos mucho, estamos a muerte con él”. Lo miré mientras cruzábamos los pozos de la calle y le dije: “¡Eh! No será para tanto Walter…” No le gustó mucho que pusiera en duda la calidad de persona del patrón. Se afirmó contra el asiento y me aclaró: “Mirá, él nos dijo así, ‘ustedes me cumplen y yo les cumplo.’ Así piensa Emilio y así lo hace. La semana pasada por ejemplo, llovió siempre. Pudimos trabajar medio día. El viernes vino y nos preguntó cuánto habíamos trabajado. Le respondimos que medio día y nos dio la semana completa, $3.000 a cada uno. ‘La torta no es para que la disfrute yo solo, acá estamos todos para disfrutar la vida’, nos dijo.”

Quién haya estado en la construcción entenderá cabalmente a Walter. En la construcción se trabaja y se cobra; no se trabaja, no se cobra. Así de simple. Mi sorpresa fue mayúscula. Le pregunté: “¿Me estás diciendo en serio o es chiste?” “¡Te lo juro!” me respondió.

Seguimos fotografiando casas por esa serranía. Con el pecho inflado de orgullo Walter me señalaba acá y allá. Terminamos la tarea y volvimos a las casitas iniciales donde estaba Emilio. Al ingresar a una de ellas lo encontré. Estaba acostado panza abajo en el piso de cerámico del living comedor. Tenía una pierna flexionada. A su lado estaba el herrero, también acostado boca abajo. Había unas chapas tiradas junto a ellos y parecían hacer cálculos métricos con una calculadora de mano. Al verme entrar me miró desde el suelo. “¿Y ahora, quién es el puto?” pregunté. El herrero me miró serio hasta que Emilio se rió. Todos reímos.

Mientras volvía a los cálculos, me dijo: “Fotógrafo, a las cinco cortamos y hacemos el asado. Lo espero”.