
Por Garba.
La distancia del piano.
Quizás todo se remita a la distancia que en el piano guardan las manos con él y entre sí, la estatura y las teclas, la capacidad de llegar a las notas y arpegios más o menos amplios, de cabalgarle las corcheas sin que sean tajos al oído, la destreza desde los graves hacia la última octava, el pasaje de los dedos, la fluidez, el empecinamiento en el error que un día con suerte dará una melodía nueva, que nunca antes nadie jamás ha tocado.
Creo que la vida entra adentro de un piano.
Y que su pasaje o su dominio es casi con seguridad, nuestra manera de caminarle los bemoles.
Llegué al piano de muy niña, apenas tocándolo como si fueran las tejas del techo, y en ese entonces la extensión de sus blancas y negras me resultaba infinita.
Crecer es un atropello y la certeza de que el piano encierra en sus adentros la finitud del tiempo, se adivina.