
Por Garba.
La pascua clandestina y revolucionaria fue más o menos un poco de pan y cuestiones para delegar.
La inminente traición por unas monedas o una apuesta a la literal salvación frente a todos.
Judas y su renovado tormento que lo dejó colgando en un árbol cuando su profeta se dejó crucificar.
¿Alguien acaso merece la culpa?
Creo que no.
Viene a mí el minitauro que contaba esta historia desde aquel lugar, su particular manera de contar al Mesías al revés.
En mi cabeza Judas y su puñado de monedas, de costado, en la mesa, hablando con ese carismático Jesús que repetía una y otra vez que nadie se salva solo, retratados los trece en la última cena de Leonardo, en esos claroscuros de ensueño, con ese aire ambarino que flotaba en sus obras, siempre contando otra cosa que la que mostraba en sus imágenes.
La memoria tiene estos laberintos irregulares, caprichosos, te asalta cruzando una calle y te refleja en un vidrio de negocio.
En ella se conectan una rosca, una celebración, olor a jazmines bajo la palta, las viejas películas de semana santa, los textos milagrosos, el sabor a chocolate de sobremesa, unos cuantos confites.
Les pregunto, en este mundo tan desigual (mientras camino por Constitución, es de noche, cada vez más gente revuelve la basura justo debajo de la cara de un hombre pelado con mirada siniestra que en una pantalla led gigante dice que el futuro ya llegó ) ¿quién traiciona a quién en qué capítulo de sus días y de sus sueños?
La pascua y sus misterios de culpa y almanaque.
Manish Taná.
A lailatzé
A lailatzé
A lailatzé.