
Por Garba.
Cuestiones que miro cada vez que viajo en un avión.
No hay azafatas gordas, si las hubiera no entrarían en el minúsculo espacio de paso.
Si engordan, ¿qué pasa?
Córdoba es preciosa.
Nuestro paisaje de serranía es difícil de cambiar por el otro lleno de edificios containers y macristas.
En el microsegundo que nos despegamos del piso, pienso en los budas y les pido que no me suelten la mano.
¿Será esa también mi fe?
En el aire todo tiene otra relevancia. Se está mucho más cerca de aquello que importa: respirar, mantener el vuelo como malabarista de nubes, el cielo es más grande más poderoso y más inmaterial que nosotrxs, no pagué el agua.
Esta vez voy en la cola de la nave, nunca negocio la ventanilla por el riesgo.
Me río del peligro, soy infantil.
Nos lleva una comisaria de abordo, me tranquiliza que sea una mujer, solemos estar más en los detalles pertinentes tales como la supervivencia.
Al llegar a destino veo que nos convertimos en la carbonilla que dibuja líneas en la pista de aterrizaje.
¡Hay en esta superposición de trazos algo tan bello!
Se puede sentir la frenada y verse en la impronta que vamos dejando sobre el suelo que, igual, nunca nunca es lo mismo.