
Por Garba.
Esperanza o posibilidad de conseguir una cosa.
El supuesto más probable de lo posible.
Una creencia centrada en el futuro que si falla, da lugar a la decepción.
Me gusta volver, cuando me enredo en una palabra, a sus posibles definiciones, porque ahí encuentro otras ventanas desde donde mirar eso que estaba pensando y me quedó clavado, como una astilla.
Cuando algo se hinca adentro, se pierde la perspectiva capaz de mirar más o menos lo que las cosas son, me digo.
Trato de sacarme de encima las expectativas.
Sin ellas, lo que sucede siempre es una sorpresa.
Ellas ¿cuáles? ¿Las propias? ¿Las que sobre mi espalda el mundo afuera de mí espera? ¿Las que creo que tiene ese mundo afuera de mí? ¿Las que son? ¿Las que debieran ser?
Todo eso es una gran bola de nada detrás de la puerta.
Murakami hablaba de salir a correr para no llegar a ningún lado, sólo correr y lo que pasa con eso.
Pero claro, generar expectativas es un ejercicio muy repetido, casi como pegado al porvenir, o al crecimiento.
Las expectativas y los planes no son la misma cuestión. No hablo de no soñar, hablo de darnos permiso para cambiar de sueño, para renovar los acuerdos o para no tenerlos.
Borrarlas, en una sociedad que persigue saber, ordenar, suponer y adivinar los movimientos ajenos y los propios, puede ser peligroso, porque nada se pierde si nada se espera.
Y entonces, una canción es una canción, y no una escalera vaya a saberse adónde.
Cada sol es uno nuevo que amanece y nace en el medio de la helada, con el cantar de los pájaros que se inauguran otra vez en la reja castigada por el tiempo.
Cuando estuve en el trópico me asombraba ver que muchas personas andaban sueltas sin cartera, sin mochila, sin abrigo, sin morral.
Llevándose a sí mismas por todo equipaje.
¿No es precioso?