Crónicas a destiempo

Minino Garay. Una noche en el Libertador

18-07-2017 / Crónicas a Destiempo
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Octubre de 2010. Un músico nacido en Córdoba, radicado en Francia y definido en los colores de los sellos que abarrotan su pasaporte, vuelve al teatro mayor de su ciudad. Recuerdo de una noche en quince compases.


Minino Garay. Una noche en el Libertador

Por | parietti@redaccion351.com

Casualidades de platea. Justo en la segunda fila, a la derecha, un señor ocupa la butaca que permite estirar un poco las piernas hacia el pasillo. “Disculpe señor, tengo esta butaca”. “Cómo no, disculpe”. “No, por favor, muchas gracias”. Por el momento, el señor seguirá siendo sólo eso, un vecino ocasional en la fila de la platea.

Los años parecen acentuar la imponencia del Libertador. La mirada se abisma en las alturas. Desde el paraíso, la vista no es menos cautivante. Después de tantas veces de haberlo visitado, sabemos que esas manchas de humedad allá arriba, en los rincones del techo, son pinturas. Es posible apostar que más de uno las habrá confundido alguna vez, antes de que se apaguen las luces.

Acaso no existan muchas oscuridades más preciosas que la oscuridad del San Martín. Incide la inminencia de la música que hemos venido a disfrutar, pero es otra cosa, una agitación leve ante esos mínimos destellos que surgen de los pies de los micrófonos y de los metales de los instrumentos.

Con pasos casi felinos, entre haces de casi nada de luz azul, los músicos ocupan sus ubicaciones. En la oscuridad, o tal vez, como correspondería al acento de la noche, en “el oscuro”, Minino Garay pregunta susurrando algo así como “Che… ¿Vino gente? ¿Habrá alguien? Bueno…  ¿Estamos? Larguemos.”

Explosión de luces y sonidos. Tormenta repentina de talento. Eso, una bomba de talento. Minino y su banda de amigos-músicos comienzan a disfrutar de su público natal, como todos los años. Los primeros manjares despliegan la mirada que un trotamundos puede ofrecer cuando vuelve al pago por unos días: bombones de sus discos editados, pastelitos que marcaron su vida hace más de veinte años, minitortas de viajeros amigos, bocaditos que fueron canciones más o menos respetuosas de los manuales de canciones y se amontonaron en bolsos, valijas y mochilas por vaya a saber cuántas ciudades hasta convertirse en delicias, suponiendo hasta el final de estas líneas que podemos hacer lo que queramos con las definiciones y podamos, entonces, poner por caso que las canciones, de tanto ir y venir y tanta convivencia sagrada con peregrinos del sonido, se volvieron croissant (¿queloqué?) para fruición de los atorrantes del barrio, quienes ahora, autoconvocados, se reencuentran en el foyer del teatro.

Los músicos que lo acompañan tocan en casi todos los idiomas. Juegan a ser piezas que encajan de cualquier forma en un rompecabezas insólito. Al fondo, sobre la tarima de los vientos, Gabriel Juncos, Richard Nant, Leo Daguero y Juan Martín Medina. Flautas traversas, trompetas y saxos de todas las medidas. Abajo, Diego Bravo en bajo, Álvaro Torres en piano, Esteban Gutiérrez sobre el cajón, entre congas, el “Zurdo” Castagno de guitarrero y cantor (escuchar “Yndio Nü”, bello disco de hermosa tapa). En el centro, Minino, anteojos de sol levantados como bincha para sujetar la cabellera, raleante al poniente, y para despejar la frente, radiante del lado de adentro.

Al ritmo de las sonrisas de todos, suenan “Un mundo diferente”, “Los chicos de mi barrio”, “Tierra cuna” (“Quisiera tanto poder volver…” con las primeras sílabas elongadas) y “Corazón sin amor”. De repente, sube el Flaco Pailos para cantar “Qué lo parió”. Antes de que se lo pidan, vienen los chistes de cómo se dicen las cosas en francés y las risas cómplices de la falta de novedad. “¡Flaco! -dice por lo bajo un espectador- “tuve muchos hijos” ya no se dice “Parisién”. Se dice “Cuarenta y tres setenta…”

Y ya que estamos, todos casi como en familia, ingresa la compañera de Minino a cantar “Piensa en mí”, hermoso bolero de Agustín Lara, menos conocido como Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso Rojas Canela del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino (es cierto, lo juro por Wikipedia).

La noche desanda recuerdos con Horacio Sosa y “Pancho” Alvarellos para interpretar “Córdoba va”, “En la peatonal” versión cuartetazo, “Síndrome” -poema de Benedetti musicalizado por Sosa-, y una canción cuyo título fue mansamente desalojado de la memoria por el recuerdo invasivo del talento enorme de Pancho, inspiradísimo, para sacarle brillo a una quena de la que Minino bromeó contando que fue aplastada por un camión de cinco toneladas.

En un momento se acerca un hombre con su pequeño hijo al frente del escenario para tomar una foto. De regreso, el niño saluda al vecino ocasional del principio de la crónica que, entre agradecimientos por dejar pasar al nieto, dice ser… ¡el padre de Minino! Las casualidades de la noche. Acto seguido, la atención por lo que sucede sobre el escenario se toma un descanso para escuchar a Don Guillermo, narrador entusiasta de las andanzas de su hijo por Barrio Ayacucho y por el mundo.

-A los 7 años, viendo alguna imagen o video de Gene Krupa, me dijo “cuando sea grande voy a ser como él”.

-¿Y cómo fue la cosa cuando se fue a Francia?

 -Así nomás. Primero se fue a Buenos Aires y un día vino a casa y dijo: “Me voy a vivir a Francia”. Y chau, se fue. Hasta en El Congo estuvo. No sé mirá, anduvo comiendo no sé qué porquería de un tarro, nunca supo qué era…

-¿Cómo se explica lo que hace su hijo?

-Nosotros teníamos un estudio de grabación. Chébere iba a ensayar, incluso llegaron a grabar ahí también…

-¿Y usted toca algún instrumento?

-El timbre.

-Mire Usted.

-La madre… Tiene oído, es profesora de literatura. Por ahí viene la mano…

Mientras seguimos charlando, va terminando la noche con “Memoria colectiva” y “Flor de esguince”, tema en qunce tiempos.

-Ahí está… Era así como dice esta canción. Cuando era chico le preguntaban ¿“y vos quién sos”? Y él respondía: “El negro culiau”.

En el fin, “Amor licuado” y algún bis con las luces encendidas y los abrazos de encontrados desordenando felizmente la salida.

Un gusto Don Guillermo. Hasta el año que viene Minino.

Ya en la calle, Chichilo Viale fumando. ¿Tenés fuego Chichilo?