
Foto: Natalia Roca.
Conocer un proyecto, acercarse, poner el cuerpo. Involucrarse junto a quienes se han vuelto imprescindibles.
Volverse imprescindible, con la música como un puente para todo lo bueno que pueda surgir de tantos corazones en busca de paz.
Esta semana, en el séptimo rescate de las infinitas historias en torno a la Escuela de amor político Alegría Ahora, nuestra querida Guadalupe Gómez. Sus palabras luego de uno de sus encuentros semanales.
7. De ti saldrá la luz
Guadalupe Gómez, viernes 28 de junio de 2019.
«Resumí» me dice Ciro en la cocina cuando yo intento contarle lo que vivimos hoy.
No me sale. No puedo ordenar cronológicamente la mañana.
No puedo acomodar mis emociones como un mar hecho a la medida de mi pecho.
Escribo ya de noche, mientras Teo ve los dibujitos y los ramalazos todavía me desbordan.
Fui, como todos los viernes, con mi guitarra en los brazos a cantar a la escuela.
Salí al mediodía con la cara embadurnada de rimel y lágrimas.
Con una cicatriz tatuada a fuego y luz en el alma.
Cuando el horror tiene rostro, tiene mirada adolescente, tiene manos de pájaro.
Cuando es una alumna al borde de la muerte intentando recuperarse para recuperar así a su pequeño hijo.
Cuando es esta alumna quien abraza a una educadora que se quiebra de impotencia y dolor ante tanto sufrimiento.
Cuando es esta misma educadora quien transforma su fragilidad en la potencia arrolladora de la empatía, abriendo su corazón a todxs los que estábamos ahí.
Haciendo de todo acto, un acto pedagógico.
Cuando estudiantes que conocen la cara del infierno son capaces de sentir el dolor de otrx.
Y abrir los brazos.
Cuando me piden que cante para despedir a esta pequeña que se interna en breve para desintoxicarse.
Cuando cierro los ojos y tomo su mano entre las mías y le digo que de ella saldrá la luz.
Que sólo así será feliz.
Que la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de su alma.
Cuando escucho sus lágrimas cayéndose como estrellas deshechas contra en piso.
Cuando todxs lxs que estamos ahí la abrazamos temblorosxs.
Y nos sabemos desamparadxs.
En un oscuro rincón de una galaxia de un universo que no medimos ni comprendemos.
Y lloramos.
Y entonces prendemos el fuego.
Como la primera vez.
Y es que es al calor de la luz que se abre paso entre las sombras, cuando podemos reconocernos en los ojos del otrx.