
Por Garba.
El barbijo me recuerda a la tía Coca, que era tía prestada de mi amiga de la infancia, que era huérfana de madre y nos hicimos como hermanas y nos prestábamos todo.
Yo le prestaba a mi madre en cada sentido del amor que falta, ella a su padre cuando nos buscaba en el Fiat.
Las hermanas mayores no nos las prestábamos mucho porque cada una tenía una y a ambas les pareceríamos un infierno menor.
A la tía Coca sí, la compartíamos en los cumpleaños y los domingos de invierno.
No tenía dientes adelante, ni dentadura postiza, nada: aire y oscuro hueco, los cachetes para adentro.
Se tapaba la boca para reírse porque le daba vergüenza la mirada del mundo.
Se reía sólo cuando estábamos en familia y en confianza.
Se reía hermoso… ¡Con una ganas!
Con ese aire de Yiya Murano, de lectora de revista TV guía.
Terminaba sus tentadas con un ¡ay! ¡Qué locas que estamos!
Usaba lentes de sol todo el tiempo, afuera y adentro.
Mi abuela, la mujer maravillosa, decía que al final del día, como quien rasca una olla, hay que rascar el lado bueno de las cosas para no morirse de pena.
Entonces, en estos tiempos tan horrendos, pensaba en lo contenta que estaría esta tía Coca con la impunidad del barbijo, caminando por la calle sin pudor.
No es que romantizo o idealizo el pasado, es que a mí muchos momentos de antes me parecieron perfectos porque no nos hacía falta nada más para ser felices.
¿De dónde venía todo esto?
¡Ah! Sí, de agradecerle a la memoria, de rascarla para sacar lo bueno, y del barbijo, la sonrisa sin dientes de la tía Coca que si viviera, encontraría un descanso a esta sociedad que necesitó y necesita tanto que con el tiempo ni recuerda.