Teatro

Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo

2-08-2017 / Agenda, Reseñas
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La obra de Rodrigo García escupe sobre los cimientos de una sociedad de confort, heteronormativa, donde el padre todo-lúcido propicia los castigos merecidos a los cómplices de la necedad. Dirigida por Sergio Osses, en escena los sábados de agosto a las 22 horas en María Castaña.


Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo

Por Soledad González.

Si en la cuna de occidente los ciudadanos eran en realidad una elite de hombres libres, las mujeres valían menos que las mulas, los extranjeros que no hablaban el griego no eran considerados, los esclavos no contaban y tampoco los niños; ya, entonces, la democracia tenía aires de una tragicomedia masculinizante.

“Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo” le suma al retrato de esta vacilante democracia la brutal violencia de una sociedad de consumo, voraz, ávida, lista para fagocitar aquello que en su sesgo y su genitalidad se aparte de la norma.

En las variaciones está el oído. En un invierno que golpea, ajusta y pone proyectos en jaque (a pesar de los programas de televisión que aseguran que “todos podemos ser emprendedores”), el teatro de las salas independientes de Córdoba atraviesa una estación prolífera en variaciones y vuelve a “interpretar” textos que hablan de nuestra contemporaneidad.

Por sus búsquedas, o impulsados por el deseo ferviente de actrices y actores de “poner en boca” formas textuales complejas, directoras y directores elijen autores nacionales e internacionales: Patricia Suárez, Ignacio Apolo, Claudia Piñeiro, Santiago Loza, Jean-Luc Lagarce, Rodrigo García, que a través del habla cotidiana o de un habla altamente poetizada desde el ritmo, llaman al oído del espectador.

Estamos en una temporada donde el teatro vuelve a dar lugar a “la escucha”. Prácticas textuales que necesitan en la puesta en boca y puesta en escena crear las condiciones de enunciación del auto-relato, el espacio de la memoria y la confesión.

El destacado director Sergio Osses pone en escena un texto que trabaja sobre la repetición, las listas interminables, la acumulación hasta el punto de inflexión donde la ironía se vuelve otra cosa difícil de digerir. Acciones del cuerpo en situación de consumo, en situación de recurrencia, en situación de acoso, alternando conceptos filosóficos acerca de cómo va el mundo en tanto campo de batalla entre ricos y pobres, y cómo va la consciencia de un padre de familia tipo, clase media.

Una imagen: la historieta de Milo Manara de los años ’80 HP y Giuseppe Berman, donde el protagonista europeo pide a gritos, implora y se arrastra por conseguir la aventura (en Latinoamérica).

Osses se vuelca a un monólogo que interpela al público. El comienzo gatilla la risa a fuerza de imágenes cotidianas llevadas al paroxismo, una identificación horrorosa acariciada desde el humor, pero, de pronto, los lugares de vacío se vuelven exceso y sus variaciones dan lugar a la reflexión de los que asistimos a esta especie de exorcismo posdramático de la sociedad de consumo; la misma que guía nuestros bolsillos y ¿nuestros secretos deseos de ascender?

Las formas de actuación de estas prácticas textuales requieren de actores “buenos decidores”, listos para abrir y cerrar la cuarta pared, entrar a la ficción y volver a la épica del relato al público. Los actores son performers como el artista sonoro-visual, “porta-voces” que oscilan entre un habla cotidiana coloquial descriptiva y un habla paródica. El off, como mediación, la poesía y la voz cantada, entran en la práctica de un ritual de presencias y mediaciones.

La puesta en escena también es una instalación que traduce la hibridación de lenguajes inscriptos en el texto. En tres pantallas elevadas, ubicadas a 45 grados, vemos dos cuerpos desnudos repitiendo la secuencia del acoso. Quizás no se trate ya de grandes conflictos como el amor y la muerte, sino del sencillo mecanismo que gatilla y sostiene al ecosistema: cazador y presa.

El texto lanza piedras contra la domesticación: “decir vamos por ahí es decir vamos a los lugares que ya conocemos”. Ir a donde tenemos costumbre. Vamos a McDonald’s, vamos a ver la película de Disney: la obviedad de la domesticación frente al imperio; la opinión del autor que parece decirnos: ya no existe la posibilidad de una deriva que vuelva a despertar mi libido o la tuya. Y la experiencia teatral que nos deja con ganas de pogo.

Quizás el arte contemporáneo, después de haber sucumbido a la narratividad de los videojuegos, juegos de simulación, juegos en red, ha recusado la idea de final. El loop, el dejarnos llevar por la repetición, esa falta de final en la secuencia animal donde un cuerpo acosa y derriba a otro para volver a empezar, se vuelve contenido o ¿colonización?; ¿es la metáfora del derribo como destino de la humanidad?; ¿la secuencia mítica que nos acerca siempre a la bestia? Ese capitalismo salvaje con pieles de confort y consenso lleva su garrote escondido, o quizás yo soy el garrote. Todo queda cifrado en el final de la puesta, que apuesta a la mediación de pequeñas pantallas que nos observan.

Teatro de provocación poético-político.

Agendá: 

“Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo”.

Sábados de agosto – 22 horas. 

María Castaña – Tucumán 260.

Entrada: $150. Estudiantes y jubilados: $120.

Ficha Técnica:

En escena: Lucas Goria, Pola Halaban.

Atmósfera sonora en vivo/Creación audiovisual: Javier Artaza.

Realización de vestuario: Flor Cequeira.

Asistente de producción: Pablo Oña.

Dirección general: Sergio Osses.