
Con permisoSin cercos

Por Luciano Debanne.
Yahvé habla con Moisés en el santuario construido tras el éxodo, envuelto en nubes.
Le dice que la tierra debe dividirse con justicia, y que recién a partir de ahí empieza el comercio de las gentes que llevan y traen sus aciertos y sus injusticias.
Dice que cada quien suma y resta según su capacidad, su impericia o su fortuna, que a veces te da y a veces te quita.
Dice que en cualquier caso no debe existir abuso ni injusticia, ni impiedad, en el comercio que el pueblo hace con el pueblo.
Dice Yahvé que cada cincuenta años todo se borra y la cuenta vuelve a cero.
Y que eso debe ser motivo de júbilo, saldadas, por gracia de dios, las deudas contraídas.
Y que entonces cada quien su pedazo de tierra, y de libertad, igual al vecino, igual que al principio.
"La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es..." dice Moisés que le dice Yavhé.
Y así lo cuentan las antiguas y sagradas escrituras en el tercer libro del Pentateuco, Levítico 25:23, un poco antes y un poco después.
Libro que leen los pueblos judíos, samaritanos y cristianos de entonces y de después.
Sin embargo, andarán esos pueblos poblando el mundo, priorizando otras creencias, apropiándose de tierras ajenas a perpetuidad, contra la palabra única de su único dios.
Y quizás por eso no se ha cumplido hasta hoy la promesa divina de tierras sin cercos de espinas, plagadas de felicidad.


