Con Permiso

Vacunatorio

18-04-2021 / Con Permiso, Lecturas
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Todo limpio, todo ordenado, todo viejo, todo pobre. Casi nada pensado exclusivamente para ese lugar donde la gente va a sanarse.


Vacunatorio

Por Luciano Debanne.

Hay una señora grande esperando en el banco de madera del frente, ahí en el dispensario del barrio. De la mitad para abajo, la pared está pintada de marrón con esa pintura al aceite, fácil de lavar e inevitablemente triste y fea.

Al lado dos puertas abiertas, repletas de cajas y música que sale de un celular, y médicas variopintas, y escritorios todos diferentes y sillas más diferentes todavía, y mujeres que vienen a preguntar cosas y se van.

Y la señora grande sentada ahí, esperando. Esperando de nuevo, uno podría decir sin conocerla.

Arriba de su cabeza cuelga una caja de cartón vacía forrada en rosa, y abierta como haciendo una pestaña, y tiene pegada una fotocopia que dice póntelo, pónselo. Así, nada más.

Del techo cuelga un foquito de luz directo del cable que tiene pegada una colección de cintas aisladoras de colores.

Todo limpio, todo ordenado, todo viejo, todo pobre. Casi nada pensado exclusivamente para ese lugar donde la gente va a sanarse.

Tiene un coso redondo la señora, un coso que le sale un poco más abajo del esternón. Uno le adivina un par de años de andar empollando eso, ese huevo subcutáneo, que vaya a saber qué es, vaya a saber si duele, vaya a saber.

Acaba de salir del vacunatorio, la señora. Quizás tenga cara de preocupada, pero mira a un pibe y sonríe. Yo no lloré, le dice. Y el pibe que espera el turno para el pinchazo desconfía, aunque efectivamente la señora tiene pinta de ya no llorar.

Lo que tenés que hacer para no llorar es mirar para otro lado, le dice la señora.

Qué se yo, capaz funciona. Pero yo sospecho que en algún momento, duele igual.