Por Garba.
Foto gentileza de La Cámpora – Sebartián Borro.
Algunas personas somos de a dónde vamos, pero el barrio se viene adentro.
La vereda con baldosas y la calle adoquinada, el ruido de la puerta de alambres, los corsos, las ambulancias pasando hacia el Santojanni.
Te vas del barrio, de la ciudad, del meridiano, pero tus ojos se cierran y pueden seguir caminando hasta el club, doblar de memoria en el cedrón y abrazar el olor de la pizza más rica del mundo.
Una tarde alguien dice algo sobre los plátanos y te pica la nariz con el polvillo de la cuadra.
Las calles del barrio se trazan en un sitio que no reconoce mudanzas.
«Del barrio del Matadero nació Mariano el valiente, con un puñal en la mano y una diadema en la frente» decía una de las primeras obras que hice de niña, allá, en el salón de actos de la escuela de monjas de la República de Mataderos, mi barrio, que ayer, cumplió 132.

















