Por Luciano Debanne.
Cuando llueve, quizás,
es dios que reza.
A los hombres y las mujeres de este mundo
reza dios, no importa su nombre,
reza y les pide que se calmen.
Que respiren y piensen,
sientan el agua afuera y adentro de la piel,
el aire limpio, el sonido inicial del planeta.
Vean cómo las criaturas se enrollan en sus nidos,
y madrigueras, suspenden sus quehaceres,
se unen en familia, en grupo, en comunidad.
Los árboles liberan sus hojas, las ceden al viento,
y recuerdan en sus raíces sus orígenes de semilla,
de sustrato hecho de miles de años muertos,
y estrellas caídas,
beben su unión con el universo,
el agua caída del cielo, recorriéndolos.
Lava dios con su rezo,
el llanto de los niños que lloran a la intemperie,
se iguala a su llanto,
abraza su llanto,
dios, cualquiera sea su nombre,
se hace llanto niño rodando por la tristeza
de la humanidad.
Llueve y dios,
cualquiera sea el nombre que quieras ponerle,
nos dedica una oración,
primigenia.
Nos dice:
respiren, recuerden,
reencuentren. Vuelvan en sí.
¿Cómo es posible que sigan existiendo las guerras,
la inequidad, los gobiernos del hambre,
en este mundo donde milagrosamente llueve?
Milagrosamente sana el mundo la lluvia,
y nosotros que no paramos de romper.
Quizás por eso también las tormentas furiosas,
harto dios en su rezo de que no podamos entender.

















