
Con permisoLa noche desde el este

Por Luciano Debanne.
Hoy la chalupa se clavará en la arena y los ojos atorados de océanos de un puñado de malandras y zaparrastrosos españoles sentirán por primera vez la inconmensurable belleza de la América.
Sentirán el canto de fabulosas aves surcando el viento siempre cálido de las Antillas, pisarán una costa poblada de vida, coronada de árboles con frutos que se desprenden sin esfuerzo, reconocerán las huellas en la arena de bestias desconocidas.
Cristóforo descenderá de la embarcación todavía sobre el agua, se mojará hasta las rodillas con el mar Caribe, andará trabajosamente hasta la orilla, donde miles de años van y vienen como la marea.
Caerá de rodillas, en parte por el alivio que siente, en parte por lo abrumador del paisaje. Sentirá que Dios es grande, sentirá que el mundo es bello, sentirá que eso es el paraíso, sentirá que hay ahí una chance para escapar de las horribles ciudades europeas llenas de pestes y mierda y facinerosos y persecuciones.
Y frente a todo eso, desvainará la espada, tomará la empuñadura con las dos manos, y clavará en la arena virgen el hierro español, con fuerza, con furia, con encono.
A unos cuantos kilómetros de ahí, un bohique tiene un sueño que lo sobresalta: Yaya lo sacude y le advierte que es tiempo de despertar, que algo grave pasa, que ha llegado la noche desde el este y que la luna será roja durante mucho tiempo.


