Por Luciano Debanne.
Y tu sonrisa, para hacer que salga el sol.
Y se amanezca el futuro de almanaques chiquitos pegados en la heladera, de baldosas acanaletadas en las veredas de muchos barrios lejanos, de pimpollos y flores que caen o se transforman en fruto, semilla, tallo, hojas inventando oxígeno.
Tu mirada regando el mundo, agüita sobre la aridez de los días, las deudas, los recuerdos entreverados, los resultados de los estudios, evaluaciones, opiniones y dictámenes que otros dan.
Tus pies uno atrás de otro, paso a paso, el surco sobre las ubérrimas tierras del tiempo, que nos envuelve como una manta, o como un río; el tiempo, como el aire alborotado del ventilador, traqueteando desde algún origen.
Tus pies y tus manos, porque no hay más que mundo en el mundo; y las ideas se caen como pesadas palomas muertas, o como gráciles colibríes exhaustos, si acaso alguien no las escribe, en la rayuela de los meses, si alguien no las vuelve de papel y grafito, y petróleo de bestias muertas quemándose en las baterías de los teléfonos, y sangre y carne.
Las ideas, las oportunidades, los goces, y los días, caen como palomas muertas si no se encarnan; si no se hacen músculo, manos, pies, pupilas ardientes abriéndose al amanecer del mundo.
Y la sonrisa de saberse parte de ese insondable ritual del eterno comienzo; que no se sabe si celebra el gallo al sol, o sale el sol su luz para que el gallo cante.

















