Por Luciano Debanne.
Allá en el norte si preguntás un poco por historias de miedo enseguida te cuentan la historia de El Familiar.
El Familiar es un perro, pero no un perro cualquiera. Es un perro demoníaco. Algunos dicen que tiene colmillos como de jabalí; otros que camina como hombre; otros hablan de garras en vez de patas. Garras de agarrarte.
Dicen quienes saben, que aparece algunas noches para la época de zafra, o en las noches en que todas las luces de la ciudad se apagan de pronto.
Cuentan que cuando El Familiar se retira, alguien del pueblo ya no está. Se lo lleva. Y se lo come.
Dicen que se ensaña con los más revoltosos, o con los que se les da por quejarse, o los que cuestionan la autoridad.
Le gustan los ariscos, dicen.
Capaz por eso algunos afirman que a veces hace la ronda con el capataz.
Dicen que tiene unos ojos rojos fuego, unos ojos que sólo ven en la noche aquellos a quienes va a cazar. Sólo los que han sido sus víctimas pueden reconocerlo, y es muy difícil escapar.
Como pasa con tantos otros demonios que nos circundan, no es posible matarlos con bala ni cuchillo. Su poder va mucho mas allá de esas cosas. Digamos que para alguien común, como nosotros, matarlo está fuera de nuestro alcance.
Cuentan los que cuentan estas cosas, que El Familiar responde a un pacto: brinda gloria a su amo, a cambio de carne humana. Ese pacto se transmite de generación en generación, junto con la riqueza y el poder que el demonio te asegura. Más víctimas, más poder. Dicen.
Y no hay un solo perro. No. Cada ingenio tiene su Familiar, su perro, su demonio, que vive en las profundidades de la casa del dueño.
En las ciudades ya nadie cree en esas cosas. A veces las luces de la tele nos distraen de esa clase de mal. Son cosas de antes, nos dicen. Ningún dueño tiene un demonio que se coma al personal.
No sé che. Hay veces que pienso que algunos periodistas reemplazan al antiguo capataz.
Yo sólo sé que a mí me gustan los cuentos, sobre todo porque con ellos se pueden ir anudando, unos con otros, los tiempos de antes y los de ahora.
Capaz por eso, a veces, cuando miro las noticias, hay cosas que me suenan familiares…

















