El cronista de la sed

Viernes a la noche

20-07-2016 / El Cronista de la Sed, Lecturas
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Breves sucesos de cómo lo que uno cree que es un amigo se transforma en la propia satisfacción del dinero a conseguir. Historia de asados que se pueden producir siempre, gracias a Dios.


Viernes a la noche

Por | parietti@redaccion351.com

Por Fer Vélez.

Desde antes de ayer sólo pensaba en el viernes a la noche. Por casualidad, o tal vez por causalidad, dos amigos míos iban a coincidir en casa, asado de por medio. Nada fue forzado, brotó naturalmente como el agua que baja del Paraná.

A la mañana, uno de los convidados se bajó voluntariamente. Dijo que lo había meditado y que era conveniente no concurrir. Supe que tenía razón; también supe que no era motivo para suspender el asado con el amigo que quedaba firme.

Al mediodía recibí el llamado de un cliente. Tuve que salir a la calle porque el ruido de las máquinas de la carpintería no me dejaban oír. Se trataba de un trabajo como fotógrafo para el viernes a la noche. ¡Chanfle! Mi asado… Mi amigo… Pensé largamente.

-¿De qué se trata? -pregunté.
-Mirá Fer, hay que fotografiar la entrega de un premio de un cliente nuestro. El premio consiste en un asado para diez personas, veinte litros de vino, unas tablitas y unas remeras con la marca del cliente. Es a las diez de la noche, la ganadora del premio y su familia ya saben que vos vas a ir a su casa. Te paso todos los datos por mail.
-¿Es en la casa de la ganadora?
-¡Jajajajajaja! ¡Sí Fer! ¿Viste las cosas que te hago hacer?
-¡Jajajajajaja! Estoy acostumbrado…

Pensé en mi asado, pensé en mi amigo y pensé en la plata.

-No hay drama -confirmé-, lo hago. ¿Para qué son las remeras?
-Y bueno… Fijate cómo hacés para que se las pongan para la foto.
-¡Jajajajajaja! ¿Los pongo en cuero primero y les clavo la remera?
-¡Jajajajajaja! Algo así. ¡Hacé lo que puedas! Por mail te paso todo el instructivo de las fotos que necesitamos que hagas durante el asado.
-Bueno dale, pasame todo.

Antes de ir pasé por casa, me comí un sanguche de mortadela por las dudas hubiera mala onda en el asado y molesté en Facebook. La cita era en Barrio San Martín, a una cuadra de la cárcel. Llegué puntual a las diez de la noche. ¡Me esperaban entusiasmados! “¡Vino el fotógrafo!” Me sorprendí, me dio gusto, me sentí cómodo pero sabía que mi presencia incomodaba. La situación era rara… Fue rara, al menos eso percibí. De todos modos le pusimos huevo. El ambiente y el lugar estaba armado como para una fiesta con formalidad familiar; era forzado y verdadero, como si yo fuera un pariente lejano que nunca nadie había visto.

Recorrí la casa, saludé a todo el mundo y expliqué que mi función era arruinarles el festejo, que el asado iba a estar bueno pero que tenían que chuparse rápido así se olvidaban pronto de mí. Rieron y me sirvieron vino. Comencé a elaborar mi listado de tomas… ¡Todos colaboraban! “¡Epa!” me dije, Instagram y Facebook han logrado que la naturalidad cotidiana se profesionalice. De golpe todos son actores naturales, naturalmente actores de lo cotidiano. Todos entienden lo que hago y lo que tienen que hacer. Hay miradas y comentarios cómplices, finalmente carcajadas.

En un momento, les comento que yo viví cerca de ahí, en la calle Uspallata. La mayoría hace silencio pero uno de origen italiano hace un chiste sobre mí, sobre que yo había estado preso. Todos ríen.

De pronto dejo de incomodar, poco a poco estoy incorporado como visita necesaria en esa familia. El asador, padre de la ganadora del premio, me manda a llamar a la terraza. Cuando llego, me espera con un bocado de carne jugosa y crujiente en un tenedor. Uno tras otro, cada bocado es mejor.

-¿Cómo te llamás? -me pregunta.
-Fer nan do.

El hombre, que tiene el torso desnudo, ríe y me da otro sabroso pedazo de carne selecta.

Ahora me llaman de adentro: “¡Fer! ¡Fer! ¡Vení! ¡Sacanos una foto! Entro y hacemos fotos. “¡Quedate a comer! ¡Dale amigo!”

Accedo a la petición y comemos y chupamos. Nos reímos recatadamente porque todavía hay una distancia, un nerviosismo relajado porque tengo el poder de escracharlos. Sin embargo, todo se diluye.

Ahora que acabo de pasar el control policial y voy camino a casa, me siento afortunado, agradecido y melancólico de mi barrio penitenciario.