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Los Defensores de Causas Perdidas. Capítulo 8

17-10-2016 / Lecturas, Menos Mitos
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En la presente historia de una novela surcada por fragores escondidos, un encuentro lloviznado de habladurías y demás inconvenientes. Pero el amor es más fuerte.


Los Defensores de Causas Perdidas. Capítulo 8

Por Juan Fragueiro.

Capítulo 8

La viuda Pirámide.
Neo-erótica, amante de las buenas relaciones.

En barrio Pueyrredón han construido una de las terminales de los trolebuses, más precisamente la que corresponde a la línea B. Este servicio público, manejado por mujeres, inicia su recorrido en Avenida Patria y pasa por la puerta del Hospital Córdoba. A pocas cuadras del citado nosocomio vive una viudita, particular protagonista de esta porción de historia.

Cuando al doctor en psiquiatría Segismundo Dimitrovich Plutarco Ponce lo erradicaron de la villa en la que vivía con su puta madre, decidió asentarse en barrio Pueyrredón, en las calles Aníbal Troilo y La Cumparsita. Desde entonces, el psiquiatra se traslada todas las mañanas en el vehículo de gran porte de origen soviético hasta el Hospital y luego de pelearse con traumas y traumatismos, anche quemaduras, vuelve a tomar el trole para visitar a su amiga, la viuda “Pirámide”.

Cuentan los chismosos que el doctor en psiquiatría es medio huraño, hosco y solitario empedernido. Sus aventuritas jamás lo visitan en su departamento. Los meteretes de Altos de General Paz, donde reside la viuda, dicen saber anécdotas redonditas sucedidas entre el galeno de la mente y la mencionada dama; no porque ella sea lengua suelta, o él un vanidoso que anda contando sus logros sexuales. No.

Sucede que a pocos metros vive un parapsicólogo desocupado que en su tiempo libre (todo el día) ronda espiritualmente las casas cercanas, y así ha visto que la viuda Pirámide tiene manías violatorias de los derechos eróticos del hombre. Por ejemplo, antes del acto amatorio enciende cuatro velas gigantes en las respectivas cuatro puntas de la cama matrimonial, cubierta con sábanas de seda blanca con puntillas rosa apagado. En los instantes previos, observa con sus ojos verdeficción a su amante y tras relamerse el lunar velloso que le aparece impúdicamente en el mentón, lo invita a echarse en el sarcófago. Perdón, en la cama.

Don Pepe Luna, propietario del bar aledaño a la casa de la susodicha, cuenta a quien quiera oír y a quien no también, que el parapsicólogo le pasa un pormenorizado informe diario de las ocurrencias sexuales de la viuda, que por lo demás, cambió su ritmo de vida desde la llegada de este hombre, el profesional de la psique.

Una noche de invierno de 1987, Segismundo y la Viuda Pirámide comparten las últimas tazas de un café recocido y descafeinado en la mugrosa mesa de la olorosa cocina de la viuda. Los vahos propios del gas encerrado y otros desperdicios amontonados impiden oxigenar normalmente las pituitarias. Cuando se acaba el café, Segismundo arrima unos centímetros su taburete al de la viuda, le toma las manos y mirándola fijamente a sus ojos verdeficción le susurra palabras de alto contenido romántico. A juzgar por las facciones del rostro de ella… se está aburriendo. De repente las cosas toman un giro de 180 grados centígrados, cambiando la posición de los amantes. La viudad sujeta la cara del doctor y comienza a mojarlo con besos procaces de lengua marchita; su saliva enmohecida hace surcos de barro y grasa sobre la mesa de fórmica. Segismundo, entre excitado y asqueado porque la viuda se ha tomado tres platos de sopa de ajo, acepta el invite. Ambos cuerpos inician el temblor de la pasión. Las manos se enredan en caricias desordenadas, sin previo aviso. La humedad del ardor sexual se apodera de los dos y un sudor perla sus frentes (“un” sudor, porque en invierno los sudores escasean). Ahora las caricias se convierten en vulgares y procaces manoseos. Los vidrios, ocultos tras los visillos comunes, arrebatados de una bolsa de residuos, comienzan a empañarse. Aún no van a la cama.

Y, de pronto, la puerta de la cocina se abre.

Unos ojitos inocentes interpelan a su madre acerca de tan poco gastronómica posición. El vástago de la viuda Pirámide, ocho años de edad, está con insomnio y acude en busca de un vaso de leche tibia para encontrar, no sin perverso horror, a su madre y un amigo haciendo eso que se venía relatando.

El mocoso se aferra a la pierna desnuda de su madre, implorando por un vaso limpio, mientras el doctor Segismundo Dimitrovich, en un arrebato de lucidez, cierra la bragueta de su pantalón pellizcándose… un tendón.

Esta traumática experiencia en la cocina de la viuda, le cuesta al doctor en psiquiatría cuatro sesiones extras con su analista, una bolsa de hielo y tres aspirinas recubiertas.

Un amigo le recomienda ganarse la simpatía del infante. Una tarde decide comprarle dos autitos de plástico, una bolsa de masilla y un paquete de figuritas. El purrete, audaz e inteligente, sabe cómo sacarle provecho a la actitud estúpida y poco pedagógica y comienza a negarse cuando su mamá lo envía a dormir.

Los amantes deben esperar varias noches hasta que el endemoniado preservativo acomoda sus sueños infantiles a los ardores adultos. Aun así, cuando inventan una mullida sesión sexológica en el living, el mocoso sigue alerta. Una mañana despierta a su madre mientras sostiene entre sus deditos una bombacha negra:

-La encontré en el sillón, má.

Al fin los amantes llegan a un acuerdo de partes: el doctor visitará a la viuda después de medianoche, dando tiempo a que el niño se duerma profundamente.

Cuando el frío de una noche de julio aprieta los calzoncillos largos, Segismundo toca un timbre furtivo, breve. La viuda acude a abrir la puerta. Entre sus piernas, flacas pero atractivas, excesivamente desencajadas, aparece el maquiavélico rostro del petit demonio:

-¡Hola, tío Segis!

Esa noche de julio comienzan las vacaciones de invierno y los tres deciden jugar a los naipes. Segis piensa que el niño se calmará teniendo una actividad lúdico-familiar, algo que le sustituya esa ansiedad de espía celoso, producto de la temprana ausencia de su padre.

Con el pretexto de no conocer el reglamento del Chinchón, la viuda se sienta en las rodillas de Segismundo quien, muy a pesar suyo, nota que se está excitando. Mientras, el niño sigue sumando puntos y descontando cansancio. La viuda percibe en sus nalgas el miembro duro del doctor. Y así descubren que, ella con polleras amplias y él con pantalones babuchas, pueden hacer el amor en posición chicle. El placer de lo prohibido los ha paralizado. Están abotonados.

Relatar los hechos puntillosamente carece de ética y gracia. De todos modos deben recurrir a la ayuda del muchachito, quien viendo un video porno aprendió cómo actuar en estos casos.

A partir de entonces buscan otras formas para amarse y cuando pueden hacerlo normalmente en la cama, si bien en contadas ocasiones, ya no se excitan como cuando se esconden.

Una de las manías de la viuda Pirámide es hacer referencias necrológicas alrededor de su luto. Cuando no habla del difunto, recuerda, con una sonrisa, que para los creyentes “después del velorio viene el entierro”. Así, el ritual convocado tiene lugar en la cocina, en el baño, en el living o en la azotea, para deleite de sus vecinos.

Pasa un tiempo y el hijito de la viuda de ojos verdeficción asiste al colegio por la tarde. Segismundo comienza a visitarla a la siesta, pero el diablito comienza a faltar a clases.

Finalmente, en contra de estas vicisitudes, la vela de la pasión sigue encendida para ellos…

Alguna vez se les apagará el mechero.