El cronista de la sed

Las Sierras y la Caca

19-02-2017 / Lecturas
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Apuntes de vacaciones en un rincón de Córdoba, entre paisajes intervenidos, elegancias innecesarias y chorizos criollos que resisten.


Las Sierras y la Caca

Por Fer Vélez.

Las preferencias y los gustos para pasar unas vacaciones difieren entre las personas. Unos gustan del mar, otros de las sierras. Unos prefieren las aglomeraciones, otros la soledad. Sol, agua, y arena se encuentran por igual entre las piedras de una sierra y en el borde interminable de una playa. Conglomeraciones de personas, contingentes de niños o jubilados se distribuyen también de igual manera. Mares de humanos en una olla de un río antes cristalino o en el parador de moda al lado de la costanera en Mar del Plata o Pinamar. Referentes del teatro y la televisión nacional, modelos, botineras, futbolistas, periodistas, políticos y todos los curiosos que los rodean se distribuyen de igual manera entre un paisaje y otro.

Hace años que esto es así, pero no lo percibí tanto como este año. Me tocó hacer fotos de mujeres en malla en uno de los paradores más conocidos de Carlos Paz. El dueño y la mayoría de los empleados eran porteños. Eso me hizo recordar lo que un amigo mío, nacido en Carlos Paz, me dijo una vez: “Acá somos todos de afuera”.

Nunca en la vida he pasado vacaciones en Carlos Paz ni lo pienso hacer. Siempre ha sido para mí una ciudad de paso que ha encarnado lo más detestable del ser argentino. Una ciudad inevitable para ir a otro lado, a Icho Cruz, Cuesta Blanca, Copina, El Cóndor, Mina Clavero y todo el valle de Traslasierra. Una ciudad a la que hay que esquivar para ir a Cosquín, La Falda, Villa Giardino, La Cumbre, Los Cocos, Capilla del Monte y San Marcos Sierras. Cuando no se quiera esquivar o atravesarla lo más rápido posible, uno encara para el otro lado, rumbea para Alta Gracia, Los Molinos, Villa General Belgrano, Santa Rosa o Yacanto.

Por suerte o por desgracia, conozco todos esos lugares que he nombrado. Hubo un momento en el Siglo XX en que empezó el éxodo del citadino porteño buscando nuevos aires. Aire puro de las sierras. Vinieron ricachones, gentes comunes y escapados del vicio de la metrópoli. Unos construyeron mansiones y hoteles exclusivos, otros crearon barsuchos, panaderías y comercios de chucherías; otros trajeron casinos, casas de empeño, hoteles y teatros de cuarta. De a poquito, con el paso de las generaciones, fueron reproduciendo el lugar y las costumbres de las cuales huían.

Este año decidí alejarme lo más posible de la contaminación humana del porteño en mi propia tierra. Decidí refugiarme en Villa Yacanto, a 122 kilómetros de Córdoba y a 1.300 metros sobre el nivel del mar. Antes de llegar al camping elegido, con mi compañera paramos en el pueblo a comprar verdura y cigarrillos. Quienes atendían los mercaditos y kioskos que recorrimos eran criollos o lo parecían. Seguimos viaje y llegamos. Como casi siempre, estaba hermoso, ya no quedaban rastros demasiado visibles de los incendios, el río transparente pero más tibio que años anteriores. Nos instalamos y al rato sentimos la presencia foránea. Los gritos de niños con tonada del puerto, las exclamaciones y las preguntas obvias en voz alta.

Comimos asado, dormimos, nos bañamos, juntamos zarzamora e hicimos dulce. Nos quedamos sin azúcar y fuimos al pueblo. En el vado nos detuvo una mujer rubia con un papelito, tuvimos que frenar. Nos dijo: “Los esperamos en nuestra hostería. Tenemos una playita muy cool alejada de todo esto. Al mediodía preparamos comidas caseras y por la noche pueden venir a una cena gourmet de tres pasos.” Miramos en silencio a la rubia que intentaba convencernos de las bondades de su lugar pero no podía disimular que estaba desesperada porque no había nadie en su hostería. “Ok. ¡Gracias!” dijimos y nos fuimos.

La fila de autos iba y venía. Las vacas, ovejas, cabras y caballos brillaban por su ausencia. En su lugar se desplegaban, a un lado y otro del camino, complejos, cabañas y hoteluchos que se continuaron hasta dentro del pueblo. “¡Mirá! ¡Una pulpería!” dijo mi compañera. No quise defraudarla con mi comentario así que bajamos al negocio disfrazado de pulpería. Apenas traspasamos el umbral del viejo inmueble criollo apareció de un salto una mujer morocha de ojos claros. Tenía más de 40 años, vestía algo amplio de color negro abajo y otra cosa suelta con color arriba; el pelo recogido desprolijamente. “Preguntame lo que quieras. Tenemos débito y visa”, dijo. A esa altura ya me quería ir, sin embargo, la mezcla de antigüedades con ropa jipi me atrajo por un rato. Miramos varias cosas y apareció el compañero de la señora, otro pseudo jipi de más o menos la misma edad. “Tenemos débito y visa” dijo, “preguntame lo que quieras”. A esa altura yo ya estaba afuera del negocio.

El centro del pueblo de Yacanto es antiguo, tiene construcciones del año 1700. Todo el centro ha sido tomado por gente de afuera, en su mayoría porteños. Dónde antes había un almacén, ahora hay una tienda de diseño; donde había una verdulería hay un restó con empanadas de berenjena; donde estaba la talabartería hay un gran negocio de tatoo; donde estaba el mecánico hay un barcito lleno de rubios en sus cuadri y sus tonadas del puerto. El criollo está confinado al mercadito, el kiosko, la pizzería y el pollo para llevar. Me amargué, me acordé de la Puna jujeña, de Purmamarca y el Spa de Tinelli en el Cerro Siete Colores, de los restó con cocina de autor en Tilcara. El bajón no me duró tanto, miré las sierras grandes un rato y se me fue.

Seguimos en nuestro camino hasta llegar al paraíso, un rincón increíble donde funciona (funcionaba) la única hostería criolla de las sierras. Nos atendió su dueño, Sergio. Este viejo lugareño mantenía la pulpería serrana creada por sus padres. Con el tiempo, el edificio de adobe se transformó en hostería. Hoy está cerrada. Sergio nos indicó el camino al río. Llegamos. Toda la serranía cordobesa condensada en ese recodo. La olla era impresionante, todo su alrededor también. Bajo una pequeña sombra nos acomodamos en un pedacito de playa para no molestar a una familia que había llegado antes. Fuimos a bañarnos varios metros más allá de donde habíamos dejado las cosas. Al volver vimos cómo dos familias con cuatro niños se instalaban entre las toallas de los primeros que habíamos ocupado el pedacito de arena. Instantáneamente comenzaron los gritos alabando el lugar y una metralla de piedras al agua por parte de los chicos. Uno de los hombres y una mujer filmaban todo con sus celulares. “¡Espectacular!” dijeron, y rieron.

Nos quedamos un rato más, hasta que se nubló. Juntamos las cosas y nos fuimos. Volviendo, pudimos sentir el olor a bosta de caballo en el camino. Respiramos hondo. En el pueblo paré en una carnicería y pedí chorizos. “Acá tenemos sólo chorizo criollo” se atajó el carnicero. “¡Sí! ¡De esos por favor!”. Nos miramos y sonreímos.

Regresamos. Ya estamos en casa, en mi ciudad. El tetazo en marcha y yo escribiendo esto. “¿Es desubicado?”, me pregunté. Me respondí afirmativamente. Mientras manejaba, recordé el olor a bosta de caballo. Pensé: qué raro que un porteño intente convencerme de lo lindas que son mis sierras. Más raro aún es que se lo quieran hacer entender al serrano del lugar, al que nació ahí. Pensé de nuevo, otra vez, en el olor a bosta de caballo: ¡Qué rico! Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.