Películas para abarajar antes de cagar fuego

El caballo de Turín

25-11-2016 / Lecturas, Menos Mitos
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En no pocas ocasiones, “menos es más” funciona como recurso tironeado para justificar precariedades cinematográficas inconfesables. Otras veces, la gloria misma reposa en cada toma. Aquí un ejemplo de “menos es todo”.


El caballo de Turín

Por Juan Fragueiro.

Lo que más extraño del cine propio son las funciones privadísimas, la intransferible sensación de dominar butacas, pantalla, proyecciones y hasta la selección del material más impensado. Por caso, “El Anticristo” de von Trier, “Baise Moi” de Virginie Despentes, o “La Canción más triste del Mundo” de Guy Maddin. Todo amalgamado en un combo de egoísmo, placer hedonista y Parisiennes al uso.

Así llegué a “El caballo de Turín” (2011, Hungría, Bela Tarr), película de culto que conquistó al público más heterogéneo que haya pasado por el CTC (Cine Teatro Córdoba). La vi casi siete veces antes de programarla: una vez para sincronizar los subtítulos; otra vez para adaptarla a la pantalla con la mejor proyección; una tercera para mimetizarme (con el caballo, con la trama, con el ocaso de los dioses, con Nietzsche, con el viento); una cuarta oportunidad fue para encontrar la simple complejidad de Bela Tarr… Ya la quinta, sexta y séptima ocasión, para disfrutarla.

Película en blanco y negro ortodoxo, silente, con un diálogo de apenas tres minutos, repleta de sensaciones y sonidos naturales… La mirada del caballo, la osadía de las papas calientes y del vodka. Los gitanos, el pozo de agua, la estridente arena.

La historia es un relato libre del momento preciso en que el gran Nietzsche, caminando por Turín, cae en su estado de cordura enloquecida. Federico ve en un caballo azotado por su chofer a su amigo (entre comillas) Richard Wagner, esposo de su amada Cósima. Entonces, las puertas del hospicio se abren para recibirlo en su decadencia y enfermedad mortal. Seis días son los que encierra el relato. En el séptimo, dice su director, Dios descansó.

Durante las proyecciones, que se extendieron tres fines de semana porque el público rebalsó la sala, el común denominador fue un silencio shockeante. Puertas afuera, la discusión sin fin por ver quién la había entendido más y mejor.

Quizás por su extensa duración (2 horas 26 minutos), no sea la mejor recomendación para abarajar antes de cagar fuego, pero se me ocurre que si el fin del mundo pudiera ser observado impávidamente, sería detrás de una pantalla en la que transcurra, ad infinitum, “El caballo de Turín”.