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Los Defensores de Causas Perdidas. Capítulo 21

4-12-2017 / Lecturas
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En esta nueva entrega de una novela fácil como la tabla de trescientos cincuenta y uno, una leyenda sacudida de avatares genéticos, furias imperiales y pisos movidos. Se sugiere leer debajo de alguna mesa.


Los Defensores de Causas Perdidas. Capítulo 21

Por Juan Fragueiro.

Pintura: Alberto Manrique.

Capítulo 21

No todos los movimientos sísmicos se mueven (copyright El Anarquista).

Korvazwchonona soportó varios movimientos telúricos que le pusieron a más de uno la piel de gallina… y los huevos de camaleón. A no pocos se les movieron los pelos, la cultura y la forma de vida. El epicentro de un memorable terremoto fue ubicado en Pueblito Chiquito, al Norte del paisito adormilado, según quedó asentado en los libros de Historia Nacional, con datos obtenidos por la Defensora de Causas Perdidas Amanita Muscaria.

Eran épocas de peligrosos silogismos históricos, en las que nadie sabía con quién dormía o desataba sus instintos orgásmicos.

Aprovechándose de semejante alboroto un emperador llamado Loto Segundo ordenó a los dioses subterráneos que organizaran una invasión… No muy precisa. El Emperador odiaba las flores. Los perfumes que dominaban todo el cielo azul celeste le provocaban alergia; también detestaba las montañas y los ríos, particularmente los de Korvazwchofona.

Loto Segundo siempre creyó más en la oscuridad que en la luz; en la sombra antes que en las personas y en la leyenda más que en la realidad. La única alternativa que le quedaba para desatar su furia, era enviar terremotos al país feliz, aunque perdido.

El bisabuelo del abuelo del licenciado en Ciencias Ocultas, Rodolfo Bafometo, alias El Diablo, era asesor imperial y no tuvo mejor idea que la de hacer pisar una gallina por un pato sirirí para luego arrojar los huevos desde una atalaya ubicada a 360 metros por encima del nivel del arroyo principal. Cuando los voluntarios se disponían a arrojar los huevos de manera tal que simularan efectivos proyectiles, un fuerte viento sopló desde arriba y reventó los huevos de pato sirirí, paridos por las gallinas, contra los rostros consternados de los improvisados guerreros. Otro asesor imperial, conocido en la jerga popular como “Cochinillo Amarillo de Ojos Oblicuos”, aportó su ingenio: tirar desde el aire anilina amarilla sobre las flores, agregando doscientas mil bombitas de olor para combatir el espantoso aroma primaveral.

Pero no contaban con la magistral, la astuta, la brillante Amanita Muscaria, quien se echó en el chiquero, narcotizó al Cochinillo Amarillo de Ojos Oblicuos y le cambió la anilina por agua de lluvia y las doscientas mil bombitas de olor por igual número de muestras gratis de “Chanel Número 5”, concentrado.

Abortados los intentos por boicotear el buen rumbo de Korvazwchofona (la linda), el propio emperador Loto Segundo fue el encargado de tomar la misión entre sus manos (cuando las desocupara de su tarea habitual. Era onanista). Ahí fue cuando convocó a los dioses subterráneos y les ordenó mover la tierra.

“Un buen sacudón los va a volver a la realidad” pensaba el Emperador. Pero, como un tropezón no es caída y como jamás existió la puntualidad para los dioses, el movimiento telúrico se demoró tanto que cuando por fin llegó, todos estaban preparados.

Los únicos sorprendidos fueron dos o tres novios de la Hormiguita Viajera, mientras la despedían en la puerta del subte; un mandril que se masturbaba debajo de una higuera; una leona que buscaba a sus leoncitos y un burócrata de la oficina de migraciones.

Cuando el sismo sacudió la torre de la panadería de Korvazwchofona (la Tembleque), los cascarudos manejaron la ambulancia mientras las codornices atendían los puestos de emergencia de la Cruz Roja.

Korvazwchofona soportó el sismo de pie, aunque nadie supo explicar cómo se formaron las grietas en el cielo raso de la Casa de Gobierno.

A partir de esa jornada todas las paredes del País Perdido tuvieron ojos, oídos y lengua, con lo que la intimidad pasó a ser un mito más.