Sobre los márgenes

Juan Carlos Tolosa se presentó en el Centro Cultural Córdoba

9-10-2016 / Crónicas, Crónicas a Destiempo
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En el marco del ciclo “Descentrados”, el pianista se presentó el jueves 28 de julio en el auditorio Daniel Salzano. Compartimos algunas imágenes que dejó la música.


Juan Carlos Tolosa se presentó en el Centro Cultural Córdoba

Por | parietti@redaccion351.com

Fotos: Sergio Manes.

Llegar a un concierto con la misma sensación de haber llegado a casa. Es el comienzo de las últimas horas del día pero esta vez habrá un modo diferente de compensar naderías previas y gestos sensibles, pero insuficientes. Esta vez, o mejor, otra vez, la música podrá remediar algunos males.

Saber que un pianista con barba podrá salvar mucho más que el día con emociones peludas; que algunas estructuras bostezantes del caos urbano podrán esperar un par de horas, mientras todo se dejará estar entre cordones flojos, cejas despeinadas y rincones del alma desarmados pieza por pieza. No habrá más propósito que entregarse a cada ratito de magia, para poder recordar todo algún otro día, “contándose despacito las cosas”, como decía un escritor con barba que nos hizo querer tanto a Glenda.

Cuando Juan Carlos Tolosa baje por la escalera derecha del auditorio del Centro Cultural Córdoba y suba al escenario, cada corazón le dirá que también lo quiere tanto, sonriéndole, aplaudiéndolo, cruzando las piernas y disponiéndose al silencio, apoyando los antebrazos en los apoyabrazos, esos dispositivos que suelen venir con las butacas y que sirven precisamente para apoyar los antebrazos con alguna comodidad, a diferencia de otros apoyabrazos de otras butacas de otros auditorios, que parecen haber sido diseñados para la Venus de Milo.

Sería genial una taza de café, como en casa, pero no. Será sólo música. Música con música. O mejor, con silencios, los mejores en mucho tiempo.

El comienzo es un saludo a dos tipos que, hablando de agradecimientos, tienen unos cuántos porotos pallares a favor. “Cuando yo me transforme” es una belleza de Juan Carlos Ingaramo y Litto Nebbia en las manos del pianista con barba.

Desafío particular: olvidar por un rato la otra mitad que la memoria se empeña en devolver. No está el segundo piano. No está el otro pianista con más pelo que barba que completa el dúo Náger Tolosa. ¿Por qué no está? Porque estuvo hace una semana en el mismo escenario, despeinando tangos con su compañera Julieta Ghibaudo, y porque ahora está en el San Martín, compartiendo escenario con el Chango Spasiuk. Prueba superada apenas termina la primera hermosura de la noche y suena “Un heladero con clase”, merengue venezolano en proceso de desfragmentación, atomización y levantamiento de chupines.

Increíble. Se le suben los chupines al pianista, que como es un animal, merecería una fábula: “Los chupines del pianista”. Moraleja prematura: si jugás con el piano como un gato maula con el mísero ratón, chupines no. Se suben solos y molestan.

“I Loves you Porgy”. Cada momento del día, en cada ciudad de esta pelota ardida que sigue girando, se resume tal vez en pequeños instantes que lo abarcan, pero quizás haya uno, en cada ciudad, uno solo, el más forzudo de todos, ese que le meterá un cabezazo feroz al cascarón del tiempo que protege el misterio jodido de esta enormidad que llamamos existencia (enormidad que desde una ventanilla de avión, a diez mil metros de altura, se ve como la nada misma), un solo instante en cada momento que sabrá mover para siempre las piezas de quienes justo pasen por ahí cerca. Sabrán las estadísticas imposibles de cada pedazo del planeta (esas que cuentan, minuto a minuto, cuánta gente está riendo, llorando, cambiando el agua de las aceitunas, buscando casa para mudarse, esperando el verde de los semáforos sacándose un moquito con el meñique derecho, mirando el techo de una cárcel, cambiando pañales, alimentando etcéteras) cuántas personas juntas habrán vivido en Córdoba una emoción mayor a la de unas cuántas personas reunidas en un auditorio, escuchando “I Loves you Porgy”, de manos de un pianista con barba.

“Nunca pensé que iba a terminar haciendo un estándar… Ando muy sentimental últimamente. Me encanta verlos acá. Es un día de un frío espantoso y se han venido, así que la idea es darles un poquito de calor…”

Daniel Hommer en la lista. Recuerdo de Obi, su sobrino marciano. “Horizonte Cero”. O variaciones, de cabrón nomás, sobre “El alpargatazo”. “Para mi ‘Horizonte Cero’ me lleva a ‘Hora Cero’ y ‘Hora Cero’ era ‘Espectáculo Hora Cero’, el programa de María Ester… Una grossa total María Ester… A lo mejor no tienen ni idea de lo que estoy hablando.” ¡Cómo olvidar a María Ester! Y dale con los chupines que suben antes que las notas, que aceleran y bajan a los graves del Steinway. Un mar de años por los silencios, antes del malambo final.

Los silencios de Tolosa. La música en los dedos de un repentino Bartleby que por momentos toca y por momentos “preferiría no hacerlo”, en una secuencia que antes de parecer decirnos “resuelvan sus ansiedades”, nos disuelve los últimos terrones de aridez, en un juego que pasa por la “Serenata para la tierra de uno”, por “Maribel”, por “Raros peinados nuevos” y nos amansa en palmas, chasquidos de dedos y coros. “Viene ciclotímica la cosa.”

“La nochera”, “La tristecta”, la “Zamba de usted”, la vida en los prismas, en las ganas de vivir con los cordones flojos hasta que asomen los pinos y las cruces.

“Esto es una cosa choreada del dúo Náger Tolosa, pero lo vamos a hacer ahora. Con Náger hemos tenido inmensas giras por todo el mundo… de Córdoba (entre las carcajadas, más de uno habrá pensado que podrían girar en serio por el mundo mundial… ¿Dónde hay que firmar?). Estuvimos visitando algunos espacios del Peloponeso por ejemplo, viendo la particularidad de que ahí se hacía un himno móvil. En el Peloponeso la gente hace himnos móviles. Básicamente, entiende la colectividad como una cuestión… este… colectiva (risas). Toman lo que propone la gente como cánticos. Esta es una buena importación. Entonces les vamos a pedir… Perdonen… La costumbre de trabajar con Náger… Veo el vacío y digo ‘Les pedimos…’ Estoy más solo que un hongo… Les pido por favor si me pueden tirar algunas ideas musicales y yo las voy a ir escribiendo y voy a hacer una improvisación, entrelazándolas… Veo algunas caras que miran para abajo, haciéndose los otarios…”

Mientras dibuja un pentagrama, un par de ¿alumnos? tiran “Sol Sol Mi – Sol Sol Do”. Comienzan a surgir ideas. “Ya sabemos quiénes estudian dirección orquestal… Voy a escribir como cantaron, que encima cantaron mal… Bueno es un momento para sacarse el mamut con cría de la oreja…”

Llueven ideas. “¡Están verborrágicos! Paren que estoy escribiendo el Arjona que cantaron ahí.”

Uno manda una estrofa entera casi en el mismo tono. “Hay músicas donde importa mucho el texto, la letra, entonces a algunos cantautores les importa tres carajos la melodía. (Es un momento genial, con saludo a Pablo Milanés). Sergio (a Manes) cortá todo este tiempo. ¿Pueden repetir eso último? A ver, la luz por favor…” Aparecen caras conocidas.

El juego se derrama desde los agudos más agudos. Las risas acompañan desde todos los apoyabrazos.

“Estoy viendo el tiempo porque me van a sacar el piano sino… ¿Ustedes conocen a Diego Capusotto? Es un tipo que admiro mucho. Hace un humor muy escolopéndrico. Hay un personaje que retrata una tribu urbana: los emos. Siempre se encuentran en una gran duda y componen y suben todas sus dudas a My Space. Yo también tuve My Space… Ahí me hice famoso (risas). Siempre sentí una gran solidaridad con el emo… Así que voy a hacer la solución al tema del emo.”

Hay que ver a Tolosa imitando al emo de Capusotto. La música es una llovizna de sábado a la tarde contra algún ventanal de casa chorizo en San Vicente, un dejarse estar de dos viejas tomando el té con masitas en el Windsor, una estatua ecuestre abarrotada de torcazas con gastroenteritis, un paquete de cubanitos con dulce de leche fosilizado, y además, la gloria misma.

“¿Están bien?” pregunta el pianista. Qué película “Mejor imposible”… Estamos como Helen Hunt después del cumplido de Jack Nicholson en el restaurant. El paisaje sonoro del auditorio se reparte entre jardines colgantes de silencios, el single malt (tiene que ser un single malt eso que hay adentro del vasito), la escoba de quince entre Schiele y Mondrian sobre el Steinway, la tira inolvidable en la que Jerry corre a Tom y la sagrada escoliosis de lo que suena con autofisioterapia incluida.

“Bueno como ya saben y como lo han notado, este acaba de ser el último tema, así que voy a hacer el bis, obviamente. No quería darles la oportunidad de no hacer el bis así que lo voy a hacer. (risas) Andamos medio sentimentales. Son épocas poco tibias, ¿no? Para todos… Esto no es joda… (el cambio de tono indica que esto que está diciendo va en serio). Por ahí esto es una mínima contribución en medio de tanta mala onda que uno recibe todo el tiempo de arriba… Te pisan, te pasan por encima… Voy a hacer una canción de amor que cantaba un tipo que se llamaba Mario Lanza. Hay muchos pibes que veo por aquí que no deben tener idea de quién era este tipo. Mario Lanza actuó en una película que se llama “El gran Caruso”. Durante los años cincuenta hizo un montón de películas y en todas el tipo casi que cantaba la misma canción. Es muy muy hermosa, se llama “Be my love”, “Sé mi amor”.

Hay escenas de tardecitas en el Ángel Azul de la Colón, allá por los noventas, que podrían ayudar en esta despedida. Los cirujas soñando con Ann Blyth y Rita Wayworth entre frondas de ronquidos… Esos bucles luminosos, esas pieles doradas en blanco y negro, esa melodía que de repente fue y volvió por las décadas, pasando por un jueves de invierno, arrimando leña a un hogar que no se ve pero se siente y sí, hay ropa que sobra.

Se supone que hay que aplaudir más de lo habitual, para acompañar el fin del concierto, y reírse cuando en medio de la retirada, subiendo la escalera que lo vio bajar hace nada, poco más de una hora, Tolosa salude a lo emo de Capusotto: “¡Tengo hasta ahí!”

Se supone que habrá que ajustarse los cordones, tomar el abrigo y salir a la calle para perderse otra vez en el caos bostezante de la ciudad.

No se supone que entre las capas sórdidas de los días que vengan surja el recuerdo forzudo de una noche de julio, de un concierto irregular y emocionante de pianista con barba disuelto en estadísticas imposibles, un ratito de músicas y silencios insuperables que podrían volver a contarse despacito, para quererlo tanto.