¡Al infinito y más allá!

Hugo Fattoruso y Carlos Aguirre se presentaron en Córdoba

8-08-2016 / Crónicas, Crónicas a Destiempo
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Fue una noche inolvidable en la Ciudad de las Artes, allá por abril de 2010. Dos artistas sin orillas falsearon todas las roscas de la música. Antes, Lucas Heredia, acompañado por Gastón Testa, adelantó temas de su primer disco. Compartimos una crónica a destiempo, en la previa al regreso de Hugo a Córdoba, este sábado 13 de agosto.


Hugo Fattoruso y Carlos Aguirre se presentaron en Córdoba

Por | parietti@redaccion351.com

Se escapa. Se vive escapando. Todos los planes fallan. Otra vez a revisar los manuales y un nuevo desafío para intentar explicarlo. No hay caso, quiebran las categorías. Habrá que desechar inventarios y ahondar en otras formas. Tal vez, el secreto resida en la geografía. ¿Por qué no?

Entre las imágenes que surgen contemplando un mapa de Latinoamérica para entender su música, se podría citar la más transitada, donde el Río de la Plata se presenta como uno de los puntos fundacionales de entrada a los ritmos que luego fueron remontando grandes ríos del litoral, para afincarse y dar el tono a cada región.

Otra mirada podría abordar algo de la genialidad inclasificable de Hugo Fattoruso.

Podríamos ver a América Central como una vertiente de música que se precipita en una especie de embudo enorme. Lloviznada por destellos cristalinos de la música negra del norte (del sur del norte), pongamos que nace en México, baja por Guatemala, el Caribe le perfuma la senda, sigue su camino y cruza a nado el Canal de Panamá para derramarse desde Colombia y Venezuela hacia el sur, cubriendo sus márgenes de selva y cordillera, por brazos de ríos que finalmente, con algún movimiento que nos permitiremos conceder, bajan por el Paraná y el Uruguay, hasta el Río de la Plata, final anticipado de ese cono invertido.

Con haber nacido en alguna de sus costas, por ejemplo Montevideo, y estar un poco atento a las vibraciones de las olitas del puerto, tal vez baste para arrancar. Justo por ahí, Hugo Fattoruso, los pies en el agua, haciendo sapito con piedras planas, recibiendo ecos de todo un continente.

Después del mito errático, lo perdemos de vista. Las aguas parabólicas de ese río captan músicas de todo el planeta. Las sintonías se desordenan. No alcanzamos a explicar a Fattoruso cuando lo vemos en acción. ¿Qué está haciendo? ¿Cómo puede? En fin, lo que no se explica se disfruta y ya. Por obra y gracia del buen gusto de una productora local, se nos aparece en el Auditorio de la Ciudad de las Artes, acompañado de un amigo que también entiende demasiado de cómo pescar la música que baja por los ríos de América: Carlos Aguirre, el morocho del Paraná.

Antes, los artistas invitados. Lucas Heredia con su guitarra y Gastón Testa con su teclado para una previa luminosa. Los muchachos de la consola se habrán arremangado tal vez como nunca para calcular al milímetro los rebotes de la sala porque el sonido es perfecto. Hay gente conocida y otros melómanos que ya se empiezan a sonreír, involuntariamente, porque hay músicos que con sólo cerrar los ojos y cantar dibujan sonrisas involuntarias en la audiencia, acaso por la exquisitez de los arreglos de voz, por los versos o las melodías maravillosas.

Todas las opciones son correctas en las canciones que Lucas recorre entre aplausos y labios arqueados hacia arriba. Todas pasan caminando la prueba de un público que suponemos sensible a cierto grado de complejidad. Por la gratitud del auditorio y la admiración hacia quienes los escuchan entre bambalinas, los anfitriones se salen de la vaina. Los instrumentos también. La guitarra, emocionada, se desafina. Lucas le pide por favor un poco de compostura y arranca, como puede, Mirando a Miranda, la canción de una niña que no se duerme para inspirar una de las obras más hermosas de nuestra última música.

 

Fin de un comienzo dignísimo. Se corre el telón, la gente, batida a nieve en baño maría, se acomoda un poco, cruza las piernas al revés y se frota las manos. Unos minutos después, telón abierto y nueva puesta. Dos tipos sentados. Uno al piano, a la izquierda del escenario, dando su perfil derecho al público. Otro, con su guitarra, su piano y su cajón, del lado inverso, con su perfil inverso. No nos preguntaremos por qué los pianistas casi siempre se ubican de costado y no de frente. La respuesta es obvia en este caso: estos dos tipos tienen que mirarse para divertirse y ad-mirarse, a la manera de Chucho y Bebo, o de Jorge Navarro y el finado Lopez Furst cuando con Acher querían tanto a Gershwin.

El del piano es uruguayo, el de los sapitos en el puerto de Montevideo. Un apellido que desde hace mucho tiempo integra esa serie de palabras-marcas únicas: Maizena, Stradivarius, Magiclik, Tupperware, Zippo, ¡Fattoruso!

Sorprende algo que más de un observador de mediana perspicacia habrá identificado como otra expresión de su versatilidad: las facciones de Hugo. Visto de perfil, es un señor que tiene toda la historia de la música en su media frente; un profesor universitario, titular de cátedra, sabio insuperable que pulsa las teclas con un oficio de décadas, las que le conocemos de trayectoria. Cuando mira al público, en cambio, es un chico que acaba de saltar la tapia después de haber robado mandarinas en el patio del vecino. El rostro tramado por la alegría del juego incansable.

Una coincidencia lo iguala a Carlos Aguirre, el otro demonio de la clase, el de la guitarra-piano-cajón: por donde se los mire, tienen cara de buenos tipos. Otra verdad de perogrullo: los músicos enormes suelen ser buena gente. Tanta sensibilidad les ha ablandado el corazón al punto de salírseles por los poros, la mirada, las yemas de los dedos.

Ambos tienen un atril con papeles. Es ingenuo pensar que se trata de partituras. Podrían ser líneas madres de algún tema que derivará en sesiones de scat. Conviene pensar, a fin de cuentas, que son recordatorios mínimos, apuntes similares a la lista del almacén. En cualquier caso, cumplen en dejarlos en el piso mientras avanza el recital.

Cada obra del repertorio proviene de tradiciones cercanas, sólo que cada ejecución experimenta innumerables vueltas de tuerca. Lejos de abrevar sólo en su obra inagotable, Fattoruso-Aguirre interpretan a Mateo, Cabrera y Rada, entre otros súper amigos. Hay, por otra parte, una despreocupación lógica por los nombres de los temas. No tienen importancia. De otro modo, no se explica que, de repente, Fattoruso diga algo así como “bueno, les voy a tocar un tema nuevo, le puse ‘Ritmo’”. O que consultado por alguien de la platea sobre el nombre de otro tema que había tocado, hubiera respondido “Palabras”. Un verso de alguna canción dice: “No hay epílogo y eso me inspira”. Es la pista más generosa para llegar al centro del laberinto.

La destreza de las interpretaciones, que en manos de Fattoruso suelen llegar a su fin como cayéndose por las notas más agudas del teclado, abarcan al público progresivamente. En la mitad de la noche, y adelantando la publicación de un nuevo trabajo, Hugo toma el acordeón para interpretar dos piezas que dedica a su amigo, el músico cordobés Mingui Ingaramo.

Luego de sendos espacios solistas, se consagran los instrumentos y el público pasa a comulgar. Fattoruso al piano, Aguirre al cajón, cientos de corazones cantando, despacito. Hugo aplaude. El talco de sus manos se esparce para dejarlo en medio de una efímera neblina que vuelve a arrancar sonrisas. Antes de los bises, las palmas de las mismas manos donde anotó mil ideas inoportunas, le sirven de machete para nombrar, en agradecimiento, a los integrantes de Luz Verde, la productora que ha tenido el honor de traerlos a Córdoba.

En el final, exultantes, se juntan en el centro, se abrazan para comprobar que la ovación les mantiene el alma en el cuerpo, y se van, caminando en el aire.