Café con canciones

Carnota en Córdoba

23-06-2016 / Crónicas, Crónicas a Destiempo
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En el marco del ciclo Café Cultura Nación, un proyecto iniciado durante la gestión de José Nun al frente de la todavía Secretaría de Cultura de la Nación, Raúl Carnota se presentó un sábado de junio de 2010 en el Cabildo de Córdoba. Bajo el título “Cuento lo que canto”, intercaló relatos de su vida y obras de todas las etapas de su trayectoria.


Carnota en Córdoba

Por | parietti@redaccion351.com

En una salita del Cabildo, cuyo nombre importa menos que sus limitaciones de espacio para lo que va a suceder, Carnota espera, sentado en una punta, que la gente termine de acomodarse. Insólito. El hábito es la espera inversa ante los variables lapsos de impuntualidad, casi nunca de los artistas, casi siempre de la organización y, por inercia, del público. El encuentro es a las cinco de la tarde y a las cinco de la tarde Carnota está sentado, esperando para arrancar.

Espera también la guitarra, apoyada en el muslo derecho de Carnota. Espera la lista de temas, apoyada en la funda de la guitarra de Carnota, que sigue esperando, vestido de negro, como todos los músicos que se visten de negro, que son muchísimos, y con  borceguíes negros, como los músicos que vienen de recorrer largas distancias y las seguirán recorriendo, experiencia que les ha sugerido un calzado al mismo tiempo robusto y cómodo para tanto trajín.

La gente no termina de llegar y bueno, larguemos. Carnota explica de qué se trata la cosa. Irá contando de su vida y de su obra, como lo viene haciendo desde hace algunos años en pueblos y ciudades del país, y el público deberá preguntar, intentar conversar como lo haría en una mesa de café, tal el nombre del ciclo. Claro, no hay café. No porque sólo se trate del título de un noble proyecto, sino por las dificultades a nivel presupuestario y de organización que se desprenden del incalculable desafío de poner unos cuántos litros de agua a calentar, comprar tres o cuatros frascos de café instantáneo y servir café caliente en doscientos vasitos de telgopor (costo total de la idea piola que nadie tuvo o logró concretar: dos mangos). Todo sin llegar aún a considerar responsabilidades ¿Quién paga el café? ¿El Municipio? ¿La Provincia? ¿La Nación? Muchas complicaciones. Encima es sábado. Mejor sin café. Un delirante preguntó si no había medialunas…

El público no pregunta. Carnota ya lo sabe y comienza a desandar memorias de su camino. Aparece Adolfo Ábalos, gran referencia, el más prolífico de los famosos hermanos. “Era como Maradona, se ponía el equipo al hombro”. De jugar con los acordes de una vidala del maestro nace la zamba “Grito santiagueño”, primera en todo: en la lista de su discografía y en la de la tarde en el Cabildo. A propósito, la vidala, antes que la chacarera, explica Carnota, es el tipo de música que mejor expresa el sentimiento hondo del artista santiagueño.

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Desde los primeros años de la década del setenta hasta 1983, intenta (y lo logra) vivir de la música, en Buenos Aires, ciudad natal a donde vuelve luego de unos cuantos años en Mar del Plata. “Era un mercenario, tocaba con quien me pagaba”, bromea. Entre tantos músicos, surgen el Mono Villegas, Manolo Juárez, Salgán.

Cada recuerdo florece en una obra. “El tímido” ilustra el pudor de su juventud para tomar envión con las mujeres. Nunca fue bueno para poner títulos, confiesa, acercándose a una impresión que ya hemos compartido cuando disfrutamos, hace poco, la visita de Fattoruso: los grandes músicos descreen de la relevancia de un nombre para cifrar su obra.

“La rosa perenne” revive su estancia en Los Ángeles. A mediados de la década del noventa le pasó algo extraño. Se cansó de tocar. “Una cosa rara, me quería ir. A cualquier lado. Pudo haber sido cualquier ciudad. Tenía una amiga en California que me dijo ‘venite’. Y me fui. Estuve un año y medio más o menos. En ese tiempo aprendí a odiar la nieve. Vivía en una montaña, a unas 50 millas de Los Ángeles. Dos días de nieve son lindos. Pero en invierno, 6 meses de nieve son insoportables.”

Se cansó y se fue a la ciudad. En Los Ángeles había una casa de discos que se jactaba de tener la música de todo el mundo. Un edificio. Pisos enteros, cientos de góndolas. Interesado en encontrar algo de Chabuca Granda, recorrió los pasillos interminables. Nada. “Vino el encargado a pedirme disculpas por no tener la música que estaba buscando. De esa anécdota surge mi homenaje en forma de valsecito peruano.”

Luego, “Camino hacia Quimilí”, para evocar un viaje, hace años, al norte de Santiago del Estero. “Setenta y pico de kilómetros de nada, sólo terrones resquebrajados. No encontramos siquiera pájaros volando.”

En el final, “La asimétrica”, chacarera que, como pocas, pinta sus recorridos. No hay necesidad de establecer clasificaciones. Se compone como se quiere y, sobre todo, como se puede. Cada músico muestra lo que ha sido, lo que ha intentado componer, lo que ha estudiado. No hay más explicación. Después de tantos años, hay que entender que los géneros son producto de la necesidad que tiene la crítica de encasillar a los artistas para poder abordar sus obras. El resto es más o menos formación, mayor o menor sensibilidad, búsqueda incansable o pereza, amor al arte, que suele llegar después de muchos años, o a las boleterías, que suelen explotar con poco.

En los bises, un homenaje a su admirado amigo “Pancho” Omar Moreno Palacios en reivindicación de la milonga campera, música de la provincia de Buenos Aires siempre postergada por las modas que en distintas épocas exaltaron el canto de otras provincias.

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El final con aplausos, fotos, y un anuncio: en agosto vuelve para presentar su último disco. Allí estaremos.