Despedidas

Adiós a Andrés Rivera

24-12-2016 / Lecturas
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A los 88 años, se fue uno de los autores ineludibles de nuestra literatura. Vivía en Córdoba, junto a su compañera Susana Fiorito, en Bella Vista. Lo recordamos.


Adiós a Andrés Rivera

Por | parietti@redaccion351.com

Algunos de nosotros, estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Información en la segunda mitad de los noventa, recordará una tarde noche en el Instituto Goethe, cuando todavía estaba en Illía al 300. Después de haber leído “La Revolución es un Sueño Eterno”, varios queríamos conocer a Andrés Rivera pues nunca habíamos pisado aún la Biblioteca Popular Bella Vista, su lugar en el mundo junto a su compañera Susana Fiorito, ni lo habíamos escuchado hablar sobre su obra, sobre el país, sobre cosa alguna.

Varios sabremos recordar esos silencios gloriosos entre fragmentos de sus memorias, entre ellas, esas películas que por avatares de las cintas, habían perdido su comienzo y su final, y Andrés veía con quienes se llegaban a la proyección, asumiendo que deberían imaginar la introducción y el desenlace. Una metáfora insuperable de los tiempos que le tocó vivir. ¿Cómo habrá empezado todo esto? ¿Dónde situar las fuentes de una historia abarrotada de luchas, héroes y traidores? ¿Cómo terminará? Siempre estarán los que muevan las piezas de la trama para que todo se repita, para desdibujar las miradas sobre los verdaderos protagonistas, dueños del detrás de cámara.

Varios volveremos a escucharlo en la memoria de esa tarde noche, cuando habló de los inmigrantes judíos, del movimiento obrero y de “Garage Olimpo”, apenas publicada. También sus comentarios sobre el proceso de escritura, pero sobre todo sus silencios. Acaso alguien haya grabado esa charla.

Varios recordaremos, también, una tarde de sábado en el Comedor Universitario, en el marco de la Semana del Comunicador, cuando después de la charla de Diego Bonadeo, aparecieron Andrés Rivera y Martín Caparrós. Otros tiempos… Dos tipos admirados por su obra y su pensamiento político, sentados a la par ante el salonazo repleto. Uno inquieto, enrulándose el bigote, quemando cigarrillos; el otro impasible, el codo sobre la mesa y la cabeza apoyada en la mano de escribir enormidades. Dos generaciones compartiendo sus experiencias con una tercera generación, lectora voraz de sus libros, sobre todo “La Voluntad” de Caparrós (con Anguita) y “La Revolución…” de Rivera.

Otros tiempos, otras escenas de una película que se encargó de escribir nuevos roles para algunos de sus actores secundarios.

Varios habremos redimensionado “La Revolución…” cuando la escuchamos leída por Chacho Marzetti en la radio. Habremos tomado el libro cada noche para seguir en silencio esa lectura…

Andrés Rivera – “La Revolución es un sueño eterno” – Fragmento

I

Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla.
¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Escribí: mi lengua se pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de junio, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche?
Y ahora escribo: me llamaron –¿importa cuándo?– el orador de la Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohíbe, a mi boca, la risa.
Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?

II

Si entabló comunicación o trato carnal con mujeres. Si se entregó al vicio de bebidas fuertes o al juego, de modo que escandalizase a los pueblos.
Soy un hombre casto y pudoroso, señores jueces, hasta donde lo permite nuestra santa religión católica. Y al describirme como hombre casto y pudoroso, sin ánimo de menoscabar a ninguno de los aquí presentes, y aun a los ausentes sin excusa, acepto, con humildad, pero sin mengua de mi castidad y pudor, el castigo que Dios –por uno de esos mandatos que los mortales jamás descifrarán infligió a Adán y a sus lascivos y obscenos y abominables descendientes.
(Ruego que, cuando aluda a los ausentes sin excusa, se vea, en la alusión, a quienes execran, virtuosamente, en los jacobinos, la nefasta y aciaga pretensión de seducir a paisanos, indios y negros esclavos –entendámonos, señores jueces: la chusma para que escarnezcan, derroquen y expropien a los que se enriquecieron, y, al enriquecerse, enriquecieron a estos territorios, sin apelar a la usura, el contrabando; la prolija evasión de los impuestos, y otras sutilezas que, en no pocas oportunidades, e inexplicablemente, la prensa responsable calificó como una exigencia de la libertad de mercado.)
Perdón, señores jueces: soy, como sabrán, propenso a la digresión. La digresión –como sabrán– es un componente, tal vez díscolo; acaso furtivo, de la retórica. Permítaseme que, perdonado, retorne a la irreprochable pertinencia de la pregunta que se me formuló.
No escapa al juicio de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa, que la irreprochable pertinencia de la pregunta se vincula con el destino de las Provincias Unidas, como el cordón umbilical con el feto que crece en el vientre de la madre. Y si alguien de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa supone lo contrario, recuerde que se me llamó, no importa cuándo, el orador de la Revolución. Y si fui llamado, no importa cuándo, el orador de la Revolución, y si a ese título, que me escandaliza y abochorna, se le agrega el de representante de la Primera Junta en el ejército que marchó al Alto Perú, ¿cómo no pensar que la desordenada o concupiscente o disipada conducta sexual que se le atribuye a quien se nombró representante de la Primera Junta en el ejército que marchó al Alto Perú, y a quien se llamó –no importa cuándo, en qué tiempos de desvarío y furioso libertinaje el orador de la Revolución, pondría en peligro los bienes y los negocios, la tranquilidad, las siestas apacibles, la celebración de los noviazgos y bodas convenientes de quienes, con justicia y razón, sienten que la nostalgia de los días que antecedieron a la compadrada de Mayo les invade el alma?
Pero, señores jueces, ¿se puede conjeturar, como atinadamente podría hacerlo alguien de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa, que el orador de la Revolución y el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú sea –o haya sido– un individuo lujurioso, desvelado por la perfección de las orgías, con niñas de corta edad, en su campamento de Laja, o inclinado a revolcarse con mulatas, indias, damas de inmaculado linaje o, por qué no, ovejas sarnosas y malolientes, todo ello dicho sin ánimo de ofensa a las reglas del buen gusto, a otras no menos periódicas, y a las abstinencias forzadas por la Naturaleza, de los aquí presentes o de los ausentes sin excusa?
Sí, señores jueces, la conjetura es posible, a poco que los aquí presentes o los ausentes sin excusa fuercen su imaginación y desechen por pueriles, obsecuentes, y también ambiguos, los testimonios del cirujano Carrasco –“nunca lo observé”–, del capitán Argerich –“no le observé vicio alguno”–, capitán García –“no ha caído en los defectos que se notan en la pregunta… Yo pude saberlo… viví con él en la misma casa”–, fray Cuesta –“no pudo ocultármelo por haberlo tratado íntimamente”–, general Balcarce –“viví con él, y nunca vi que su conducta pública se viese manchada por algunos de los defectos que plantea la pregunta”–, y de otros porteños –algunos de ellos, ateos– complacientes con las bajezas que se imputan a quien, hoy, todavía, les habla. (Desechen, desechen los aquí presentes o los ausentes sin excusa esos testimonios: los aquí presentes o los ausentes sin excusa saben, tanto o mejor que yo, que en toda esa maldita eternidad que comienza cuando uno penetra, con la ayuda de Dios, a las damas de inmaculado linaje, las damas de inmaculado linaje aúllan o gimen, y los aullidos o gemidos de las damas de inmaculado linaje –las mulatas y las indias callan, dato fisiológico que no requiere comprobación alguna–, sus corcoveos, su irrepetible vocabulario del placer, lo distraen a uno, le sustraen a uno, por su monótona puntualidad, la capacidad de discernir lo que es conveniente de lo que no lo es.)
¿Cómo, entonces, señores míos y jueces e investigadores, un vástago de familia cristiana, que honra a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María, nacido en Buenos Aires, benemérita ciudad en la que ése y cualquier hombre puede progresar –cosa que se reconoce más allá de las fronteras de este enajenable Virreinato–, y casarse y ser padre de cuantos hijos el Padre Celestial quiera darle, y proporcionarles, a esos hijos que el Padre Celestial le pudo dar en su infinita generosidad, un buen pasar y una educación que les haga reverenciar, en cada instante de sus vidas, los misterios de la Iglesia, cómo, decía, ese hombre iba a rebajarse a perpetrar aquello que se condenó en Sodoma y Gomorra?
Yo, Juan José Castelli, hijo del boticario o protomédico Ángel Castelli, de origen veneciano, y María Josefa Villarino, meramente mujer, ingresé, niño aún, en el Colegio de San Carlos, y luego pasé cinco años de mi vida en los claustros del Colegio de Monserrat.
Déjenme que recuerde, señores míos y jueces o investigadores. Déjenme que recuerde la piedra de los claustros y la humedad que se deslizaba por la piedra de los claustros, y los cirios que titilaban a los pies de un Cristo de marfil, amarillento, doblado, pobrecito, sobre sí mismo, con esa mancha de sangre en el costado, los labios que parecían murmurar Eli Eli ¿lama sabachtani?, y sus párpados de marfil caídos sobre los ojos que conocieron el fulgor torturado del desierto, de la soledad, de la impotencia.
Déjenme que recuerde la escualidez del Cristo de marfil, amarillento, en los claustros del Colegio de Monserrat, y la difusa, blanquecina luz de los cirios, allá, entre las piedras de los claustros, en la muy docta ciudad de Córdoba, y los rezos que se iniciaban apenas la madrugada se insinuaba como un sudario helado en los ventanales de nuestras celdas. Déjenme que les recuerde a esos muchachitos frágiles, de rodillas en la piedra húmeda, brillosa y suave por el roce de las rodillas de incontables muchachitos frágiles, y a quienes el sudario helado de la madrugada les cortaba la nuca, y que año tras año, día tras día, noche tras noche, elevan sus cánticos, los ojos legañosos, al Sufriente, tiritando de frío o de sueño o de terror o de místico placer o de extenuación. Déjenme que les recuerde, sin ánimo de ofender al Hacedor y sus indescifrables mandatos, lo que nos crecía entre las piernas, a nosotros, muchachitos frágiles, hijos de familias cristianas, de pie o de rodillas en la piedra brillosa de los claustros, y suave, y corroída por la humedad. Recuerdo, sin ánimo de ofensa, y quizá con gratitud, los castigos que se descargaban sobre los muchachitos frágiles cuando sus cuerpos desoían los cotidianos y, a veces, crípticos mensajes que marcaban a la carne como fuente de toda aflicción, suciedad y congoja. Déjenme que les recuerde, y que recuerde, que los muchachitos frágiles volvían, noche a noche, a la intemperie de las celdas, y se entregaban –lo quisieran o no– a las delicias del sueño o a los espasmos de la pesadilla, y mojaban sus calzones antes de que el sudario helado de la madrugada les mordiese las nucas, antes de que sus confesores palpasen, amanecer tras amanecer, en los muslos de los muchachitos frágiles, la tibieza magra y terca de sus leches, y el éxtasis fugaz que de esas leches, muslos abajo, nacía; antes de que sus confesores los desnudasen y limpiasen las huellas del éxtasis, y golpearan, con varas, en la carne débil, las tentaciones del éxtasis.
Si recuerdan todo eso, como lo recuerda el acusado, y puesto que ustedes, señores jueces e investigadores, y el acusado, vienen de honorables familias católicas, y todo eso es un sabio capítulo incorporado a la historia de jueces y acusado, quizá les diga algo que uno de los muchachitos frágiles que se arrodillaba sobre la piedra brillosa y suave y corrompida por la humedad de los siglos, y alzaba los ojos legañosos hacia el Cristo de marfil, amarillento, sea, hoy, el doctor José Gaspar de Francia. Ese es un nombre o un destino que los señores jueces leen con reprobación y desasosiego, y el acusado con cautelosa expectativa. Esas lecturas y otras, insidiosas o atroces o proféticas, ¿enfrentan al acusado con sus jueces?
Yo, Juan José Castelli, reconozco que el rector del Colegio de Monserrat, luego de dibujar la señal de la cruz sobre mi frente, luego de acariciar, con sus manos sarmentosas, la estola púrpura que me cubría el pecho, anotó, en su libro privado, que mi corazón es docilísimo –subraye docilísimo, señor escribano–, pero fácil de pervertirse si tiene malos compañeros. Subraye donde quiera, señor escribano: en malos compañeros o en fácil de pervertirse. Al representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, al orador de la Revolución –que es el hombre que no reniega de su corazón ni de sus compañeros– le da lo mismo.
¿Es, acaso, un tribunal, espacio legitimado por el poder, donde acusadores y reos, como si no fueran acusadores y reos, como si no simbolizaran, unos y otros, un mundo y otro, deben dirimir qué es lo justo y qué lo arbitrario, qué lo perverso y qué lo digno? Aseguro a los señores jueces e investigadores que sé algo de procesos y sentencias, y que si no me río de las generosas definiciones que mereció mi corazón, y de la facilidad con que antiguos camaradas de claustros y éxtasis y leches derramadas podían pervertirme, y tampoco me río de algunos tribunales –sin ánimo de ofender al aquí constituido y a los que, sin duda, seguirán constituyéndose– es porque tengo la boca lacerada, y porque la boca y la lengua laceradas me duelen cuando río y, además, boca y lengua exhalan una pestilencia que, si río, profanaría este augusto recinto de la ley.
Yo, Juan José Castelli, que partí de Córdoba con la señal de la cruz dibujada en mi frente, llegué a Chuquisaca montado en una mula. Y, como muchos otros, me doctoré en la Universidad de Charcas. Dije, hace unos segundos, que, por los caminos del Norte, llegué, montado en una mula, a Chuquisaca, el cuerpo frágil, todavía, los ojos y el corazón dóciles, todavía, a las indesmentidas enseñanzas de los vicarios de Cristo: un hombre –enseñan los indesmentidos vicarios de Cristo– no es igual a otro hombre, a menos que los dos sean ricos; y todos los seres vivientes son criaturas de Dios, salvo los negros, indios, judíos y bestias similares.
Lo que vio, por los caminos del Norte, un muchachito frágil, montado en una mula, lo vio –perdida para siempre la docilidad del corazón–, sobre la grupa de los pingos ajados de la guerra, el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú. Y el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú se preguntó, noche tras noche, día tras día, para qué sirve mirar lo que no se puede cambiar. Se lo preguntó hasta el instante en que los señores jueces e investigadores aquí presentes, y los ausentes con excusa, comenzaron a interrogarlo.
Hágase constar, donde sea, que el acusado tiene una respuesta para esa pregunta que ocupó los días y las noches del representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, con excepción del tiempo que prodigó en orgías que se le imputan con niñas de corta edad, mulatas, indias, damas de inmaculado linaje y, también, con ovejas sucias y sarnosas. Y es ésta: La historia no nos dio la espalda: habla a nuestras espaldas.
Hágase constar que el acusado no reconoce que esa respuesta sea incomprensible. Ni el muchachito frágil que, montado en una mula, llegó, dócil el corazón, a Chuquisaca, ni quien fue llamado –no importa qué día de otoño– el orador de la Revolución, ni el representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, ni el hombre que, hoy y aquí, comparece sin más armas que las palabras que expelen su boca y su lengua laceradas, son Dios.

III

Yo, ¿quién soy?
Yo, que me pregunto quién soy, miro mi mano, esta mano, y la pluma que sostiene esta mano, y la letra apretada y aún firme que traza, con la pluma, esta mano, en las hojas de un cuaderno de tapas rojas.
Miro la mesa en la que apoyé el cuaderno de tapas rojas, y miro, en la mesa, un tintero con base de piedra, y la vela, gruesa, que alumbra el cuaderno, la mesa y, creo, mi frente, mi boca y la mano que escribe. Y una silla vacía, del otro lado de la mesa, entre la vela y yo.
¿Qué soy? ¿Un actor que levanta sus ojos de un cuaderno de tapas rojas, y mira la transparente penumbra de una habitación sin ventanas, de techo alto, y que sugiere, desde ese escenario, al público que lo contempla, que el invierno llegó a la ciudad? (A la izquierda del escenario, un catre de soldado. A los pies del catre de soldado –para que yo no olvide, sea yo quien sea–, una manta color humo, limpia, doblada con prolijidad. En la cabecera del catre de soldado, enrollada, una capa azul, que huele a bosta y sangre. Entre la manta y la capa, un tablero de ajedrez: las treinta y dos piezas del juego son de peltre. El rey blanco y el rey negro parecen muy altos ÿ muy en-corvados, como si hubieran cargado un mundo sobre sus espaldas. Tienen cara, supongo, porque están encapuchados.)
¿Soy un actor que, mudo, mira, desde el escenario, al público que lo contempla, y se ríe? (Sea quien sea el que está en el escenario, no habla. Se ríe sin abrir la boca, sin mover la lengua, y la risa que le sacude el vientre suena como un cajón que se cierra). ¿De qué ríe el que está en el escenario, sea quien sea el que está en el escenario?
¿Soy un actor que escribe que se ríe de él y de las vidas que vivió: que se ríe de la historia –un escenario tan irreal como el que él, ahora, ocupa y de los hombres que lo cruzan, de los papeles que encarnan y de los que renuncian a encarnar? ¿De las marionetas que proliferan tenaces en el escenario de la historia, y que mastican ceniza? (Se ríe, sea quien sea el que se ríe, sin abrir la boca, sin mover la lengua, y la risa suena en su vientre como un cajón que se cierra: acaba de escribir marionetas, acaba de escribir, por segunda vez, escenario, y marionetas y escenario proponen una metáfora ultraja-da por el uso y la trivialidad.)
¿Soy el público que contempla a un actor mudo, y que le devuelve, con las simetrías implacables de un espejo, sus representaciones; y que, sin embargo, a veces celebra la risa de viejo ventrílocuo que le emerge –espasmódica, sigilosa y fría del centro del cuerpo?
Yo, ¿quién soy?

Varios habremos leído, después, en cualquier orden, “El Farmer”, “Ese Manco Paz”, “Hay que matar”, “El profundo sur”, “Mitteleuropa”, “Esto por ahora” y tantos más, o algunos menos, pero todos están ahí, esperando.

Varios recordaremos una emisión de Los 7 Locos, (ese programa cultural imperdible que se bancó y se banca horarios imposibles, dignos de “La Tanda” de Les Luthiers) donde Cristina Mucci entevistó a Juan José Sebreli y al bloque siguiente a Rivera, que comenzó hablando de su repulsión por los conversos. No pudo aguantarse. Cómo lo habremos aplaudido, cada uno en cada hogar…

Andrés Rivera – Dos visitas a “Los 7 locos”

 

 

Varios sabrán descubrirlo después de la noticia de su muerte. Varios completaremos nuestras lecturas, con las amarguras del caso, en este final de año que parece obstinado en dar malas noticias hasta el último día.

Varios, finalmente, sabremos volver a Bella Vista, para ir y venir entre el refugio de la lectura y la incomodidad de la calle, donde sucede lo que importa y nos sigue llamando.